Por: Angel José Andara…
Hay una diferencia fundamental entre ser bueno y parecerlo. Durante siglos, la filosofía moral se ocupó de la primera cuestión. Desde Aristóteles hasta Kant, pasando por los moralistas franceses y los ilustrados, la pregunta esencial era cómo debía actuar un ser humano para vivir de manera justa con los demás. Hoy, sin embargo, pareciera que la cuestión ha cambiado sutilmente de naturaleza. Ya no nos preocupa tanto ser buenos como demostrarlo. La conducta ha cedido terreno a la representación de la conducta; la virtud ha sido desplazada por su puesta en escena.
No deja de resultar paradójico. Vivimos en una época que se proclama heredera del pensamiento científico, de la razón crítica y de la verificación empírica. Nunca habíamos dispuesto de tantos datos, tantos indicadores y tantas herramientas para evaluar los resultados de nuestras decisiones. Sin embargo, en el ámbito moral y político sucede con frecuencia lo contrario: los efectos parecen importar menos que las intenciones. La eficacia queda relegada a un segundo plano mientras la exhibición pública de sensibilidad ocupa el centro del escenario.
De esta inversión de prioridades nace lo que solemos llamar Buenismo. El término suele utilizarse de manera polémica y a veces injusta, pero señala un fenómeno real: la tendencia a considerar moralmente superior toda postura que se presente como compasiva, inclusiva o solidaria, independientemente de sus consecuencias prácticas. El buenismo no consiste en ser bueno. Consiste en sentirse bueno. Y entre ambas cosas existe una distancia considerable.
La bondad auténtica es una virtud exigente. Obliga a preguntarse constantemente si nuestras acciones ayudan realmente a los demás. Exige reconocer errores, corregir rumbos y aceptar que incluso las mejores intenciones pueden producir resultados desastrosos. En cambio, el buenismo ofrece una recompensa inmediata: la tranquilidad de conciencia. Quien adopta determinadas consignas o se adhiere a ciertas causas obtiene una certificación moral casi automática. Ya no necesita demostrar la eficacia de sus propuestas; basta con exhibir la nobleza de sus propósitos.
La historia humana está llena de ejemplos que deberían hacernos desconfiar de esta comodidad moral. Numerosas decisiones adoptadas en nombre de ideales admirables terminaron produciendo efectos contrarios a los deseados. No porque quienes las impulsaron fueran malvados, sino porque confundieron el deseo con la realidad. La realidad tiene una característica incómoda: no modifica sus leyes para adaptarse a nuestras buenas intenciones.
Quizás por eso las sociedades maduras aprendieron a valorar algo tan poco atractivo como la prudencia. La prudencia nunca ha gozado de buena prensa. Carece del brillo épico de los grandes discursos y no suele despertar entusiasmos multitudinarios. Sin embargo, constituye una de las virtudes políticas más importantes. Significa preguntarse no sólo qué queremos conseguir, sino también qué consecuencias tendrán nuestras decisiones. Significa reconocer que los seres humanos vivimos en un mundo complejo donde cada acción produce efectos inesperados.
El buenismo, por el contrario, suele desconfiar de la complejidad. Prefiere las respuestas sencillas porque las respuestas sencillas son emocionalmente más satisfactorias. Frente a un problema difícil, ofrece una solución aparentemente evidente. Frente a una discusión incómoda, propone una consigna tranquilizadora. Frente a los datos contradictorios, invoca la pureza de las intenciones.
Y es precisamente ahí donde aparece su parentesco con el populismo.
Aunque suelen presentarse como fenómenos distintos, ambos comparten una misma simplificación del mundo. El populismo divide la sociedad entre buenos y malos, entre pueblo y enemigos del pueblo. El buenismo establece una división similar, aunque utilizando categorías morales diferentes. De un lado se sitúan quienes muestran la sensibilidad correcta; del otro, quienes introducen objeciones, dudas o matices.
La consecuencia es preocupante porque afecta directamente a la calidad del debate público. Cuando la discusión deja de girar en torno a los argumentos y pasa a centrarse en las intenciones atribuidas a quien habla, el diálogo se vuelve imposible. Ya no importa si una crítica es razonable o si una advertencia está respaldada por evidencias. Lo relevante es determinar si quien la formula pertenece al bando de los virtuosos o al de los sospechosos.
Resulta curioso observar cómo esta lógica ha penetrado incluso en espacios tradicionalmente dedicados al pensamiento crítico. La universidad, por ejemplo, nació precisamente para someter las ideas al examen constante de la razón. Su función nunca fue proporcionar comodidad intelectual, sino desafiar certezas, cuestionar prejuicios y obligar a pensar.
Sin embargo, en muchos lugares comienza a percibirse una extraña tendencia a confundir educación con protección emocional. Como si el propósito de la enseñanza superior consistiera en evitar cualquier experiencia incómoda. Como si la discrepancia fuese una forma de agresión y la crítica una manifestación de hostilidad.
Pero aprender siempre ha sido una experiencia incómoda. Nadie amplía sus conocimientos sin descubrir antes los límites de lo que sabe. Nadie desarrolla criterio sin enfrentarse a ideas que contradicen sus convicciones. Nadie madura intelectualmente viviendo dentro de una burbuja donde todas las opiniones reciben la misma consideración por el simple hecho de existir.
La indulgencia permanente no fortalece a los estudiantes; los debilita. El profesor que renuncia a exigir para evitar frustraciones no está ayudando a sus alumnos. Les está privando precisamente de aquello que la educación debería proporcionarles: la capacidad de afrontar dificultades, superar errores y construir competencias reales.
Lo mismo ocurre en la vida social. Una cultura obsesionada con evitar cualquier malestar termina generando individuos cada vez menos preparados para afrontar los inevitables conflictos de la existencia. Porque la vida no distribuye recompensas en función de las intenciones. Exige conocimiento, esfuerzo, disciplina y capacidad de adaptación.
La paradoja final es que el buenismo suele producir exactamente aquello que pretende combatir. Cuando las políticas fracasan por ignorar la realidad, cuando las promesas incumplidas generan frustración o cuando los problemas se agravan a pesar de los discursos bienintencionados, la decepción colectiva abre las puertas a reacciones mucho más agresivas. La ingenuidad de hoy suele convertirse en la ira de mañana.
Por eso la alternativa al buenismo no es el cinismo. El cinismo es tan irresponsable como la ingenuidad, aunque se disfrace de realismo. Tampoco se trata de renunciar a la compasión, que sigue siendo una de las virtudes más nobles de cualquier sociedad civilizada.
La verdadera alternativa es algo más difícil y menos espectacular: la responsabilidad intelectual. La disposición a pensar antes de aplaudir. La valentía de reconocer que los problemas humanos rara vez admiten soluciones simples. La humildad de aceptar que una idea bienintencionada puede estar equivocada. Y, sobre todo, la convicción de que la bondad no consiste en exhibir sentimientos virtuosos, sino en asumir las consecuencias de nuestros actos.
Quizás la ética comience precisamente ahí. No en la necesidad de ser admirados por nuestra sensibilidad, sino en la voluntad de comprender la realidad tal como es, incluso cuando contradice nuestras preferencias. Porque el mundo mejora gracias a quienes intentan resolver problemas, no gracias a quienes únicamente desean sentirse moralmente superiores.
Y tal vez la gran tentación de nuestro tiempo sea precisamente esa: preferir la comodidad de parecer buenos al esfuerzo mucho más exigente de serlo. La primera opción proporciona aplausos inmediatos. La segunda exige reflexión, autocrítica y responsabilidad. Pero sólo esta última tiene alguna posibilidad de mejorar realmente la vida de los demás.
Al fin y al cabo, las sociedades no progresan porque sus ciudadanos se consideren virtuosos, sino porque son capaces de pensar con lucidez sobre las consecuencias de sus decisiones. Cuando la bondad deja de dialogar con la razón, corre el riesgo de convertirse en una simple emoción decorativa. Y pocas cosas resultan tan peligrosas como una bondad que ha renunciado a pensar.
Profesor de la Facultad de Ingeniería ULA
Representante profesoral ante el Consejo Universitario ULA
02-06-2026



