El cristiano: reproducción viva de Cristo

El cristiano, antes de adquirir la “deiformidad”, ha de adquirir la “cristiformidad”. Por Cristo, Dios y hombre verdadero, el cristiano conserva la recta mansedumbre del varón de dolores en el patíbulo de la cruz. Ésta erige la cátedra (cfr. «Introducción general», 29; en adelante se abreviará Int. gen.) desde donde el cristiano nota a Cristo que, con sufrimiento, pero apacible pedagogía, le instruye a configurarse con él, ya que, «para ser cristiformes, hemos de ser cruciformes» (Int. Gen., 30).

En efecto, San Buenaventura escribe: «“vuélvete una vez más, ¡oh alma! […] Cristo en la cruz te espera, inclinada la cabeza para darte beso de paz, tendidos los brazos para estrecharte, las manos abiertas para galardonarte, el cuerpo extendido para entregarse todo a ti, los pies clavados para quedarse contigo, el pecho traspasado para recibirte en él”» (Int. gen., 30, nota 196).

Estas palabras imprimen una fuerza imitativa que combate el estrepito de las preocupaciones, con el fin de evitarle al cristiano el olvido y el descuido en relación de quien, por amor al hombre, tomó su naturaleza. Cierto, la mayoría de hombres y mujeres, de distintas edades, calcan diversos modelos, incluso héroes o heroínas de la mitología griega, de películas de ciencia ficción, de artistas perfeccionados a nivel físico por la inteligencia artificial más de lo que originariamente son, figuras de Cristo en ocasiones tan alteradas y retocadas en sus facciones humanas que ni algo parecidas con la que describe el Evangelio. Sin embargo, cuando Jesús le pide al cristiano imitarlo no le facilita una genuinidad insípida, desproporcionada de su naturaleza, sino imitar en la suya la de ÉL, pues, ni nada mayor ni nada más excelente puede reproducir; de hecho, San Buenaventura bosqueja, Cristo es «“veritas non fallens”» y «“veritas lucen”» (Int. Gen., 33).

Esta definición de Cristo indica que cruciformidad, cristiformidad, deiformidad, son palabras dirigidas a un único Dios, no a una pluralización. Ellas no infunden inestabilidad en el espíritu; le infunden el humano y normal deseo de parecerse más a Aquel que les es totalmente desemejante (cf. Int. Gen., 37), de ningún modo porque la actividad exigida “en el parecérsele” le sea impracticable, sino con seguridad viable por su inmutabilidad, (de ningún modo deja de ser Dios), a la cual el espíritu humano va para ver cuánto ve con certeza (cfr. Int. Gen., 39 nota 262).

El cristiano topa “su parecido a la divinidad” en la cruz. En ella está el principio por el cual él conoce concibiendo de la palabra del Verbo (véase el orden de las siete palabras) la sabiduría indispensable en la fatiga por la claridad del alivio del sufrimiento. En el martirio de Cristo el cristiano ilumina y conserva la vivencia y el conocimiento de la creaturalidad del hombre. En ÉL ésta pulimenta los enigmas de dudas como ésta: un Dios sufriente es escandaloso.

Referencia:

Aperribay, B., «Introducción general», Obras de San Buenaventura, T.II, BAC, Madrid, 1645.

16-03-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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