El derecho al descanso no es un lujo, es una necesidad fisiológica y además está protegido por la ley

Esa gente que vive al lado, al frente o arriba, o que transita por las calles de Mérida a altas horas de la noche, parece tener un reloj biológico al revés. Para ellos, las 11 de la noche, la 1 de la madrugada o incluso las 3 de la mañana son horas perfectas para poner música a todo volumen, como si fuera pleno mediodía. Y es desde mi rabia y mi sueño acumulado que quiero hablar de lo grave que es la contaminación sónica en Venezuela, pero sobre todo quiero enfocarme en esos vecinos inconscientes que parecen no tener idea de que comparten una pared, un techo o un patio con otras personas. Personas que necesitamos dormir para estudiar, para crecer, para trabajar.

La noche debería ser sinónimo de descanso, pero no, las 10 de la noche es solo el comienzo del problema. Porque cuando el reloj marca esa hora, muchos vecinos aún no han empezado su jornada de ruido. Y ni qué decir de los fines de semana. Los viernes y sábados se convierten en un verdadero infierno. Esos vecinos «sociales» montan la fiesta como si el mundo entero fuera su sala personal, nadie avisa, nadie informa, pero todos sufrimos las consecuencias. El reggaetón, el trap, el vallenato o la salsa se mezclan en una ensalada horrible que no te deja pegar un ojo.

Lo peor llega cuando uno intenta hablar con ellos. Con todo el respeto del mundo les dices: «Vecino, por favor, baje la música, mañana tengo examen». ¿Y cuál es la respuesta? «Tranquilo, muchacho, mañana es sábado», o incluso peor, suben el volumen para castigarme por atreverme a reclamar. Los ruidosos siempre tienen una justificación a la mano, «Estoy en mi casa, hago lo que quiero», «No es tan alto», «Si no te gusta, múdate». Pero ninguno de ellos entiende algo básico, el derecho al descanso no es un lujo, es una necesidad fisiológica, y además está protegido por la ley. El problema es que en Venezuela las ordenanzas municipales contra la contaminación sónica existen, pero nadie las aplica ni las hace cumplir.

Por eso, vecino que estás leyendo esto, te quiero decir algo muy directo, si alguna vez has puesto música a las 2 de la madrugada, por favor, entiende una cosa. Al otro lado de la pared hay personas que necesitan descansar. Personas que no te odian, pero que están al borde de las lágrimas porque el ruido no las deja dormir. No te pido que vivas en silencio absoluto. Te pido que bajes el volumen después de las 10 de la noche. Te pido que si vas a hacer ruido, al menos me avises con tiempo, para yo poder irme a dormir temprano o para ponerme mis audífonos. Te pido que entiendas que tu libertad termina donde empieza mi derecho al sueño.

Y a las autoridades, también les hago un llamado, por favor, apliquen la ley. Multas, decomiso de equipos, patrullajes nocturnos. No puede ser que nosotros, los adolescentes y ciudadanos de bien, tengamos que pagar con nuestra salud mental la irresponsabilidad de unos pocos. Porque al final, el ruido no solo roba el silencio, roba la paz, roba el rendimiento escolar y roba las ganas de seguir creyendo que vivir en comunidad todavía es posible.

Marco Antonio Sosa Villamizar

Estudiante de 3er año de bachillerato

Colegio Micaeliano-Mérida

31-05-2026 (147)