El desafío de comunicar la libertad

Por: Angélica Villamizar…

Venezuela acumula más de dos décadas de devastación populista; un régimen que comenzó con promesas redentoras y acabó socavando cada institución, normalizando la corrupción como mecanismo de gobierno y destruyendo la calidad de vida de millones de personas. En ese contexto, quienes aspiran a gobernar el país enfrentan un desafío que va mucho más allá de ganar elecciones o presentar un plan económico coherente. El verdadero reto es cómo comunicar ese plan, cómo hacer que la libertad deje de sonar fría y se convierta en una esperanza tangible.

Uno de los grandes errores de quienes defienden la libertad, dentro y fuera de Venezuela, ha sido el exceso de formalismo y la frialdad racionalista. En su obra El engaño populista, Axel Kaiser y Gloria Álvarez explican con claridad por qué esto es tan costoso, diciendo que el cerebro humano opera con dos sistemas. El Sistema 1 es emocional, intuitivo y rápido; el Sistema 2 es racional, analítico y lento. El populismo es un maestro en explotar el Sistema 1. Utiliza un lenguaje simple, apela al resentimiento, la esperanza o el miedo, y genera identidades afectivas que anulan cualquier crítica racional.

En cambio, el discurso liberal clásico, el que debería guiar a quienes pretenden reconstruir Venezuela, suele refugiarse en estadísticas complejas, gráficos de productividad y largas disquisiciones sobre equilibrio fiscal. Todo eso es cierto, pero opera en el Sistema 2. Y cuando la gente tiene hambre, miedo o ha perdido a familiares en la diáspora, su cerebro no procesa tablas de inflación; procesa emociones. Si los líderes venezolanos no comprenden esta lección, repetirán la historia de tantos opositores derrotados no por malas ideas, sino por mala comunicación.

Para reconstruir el tejido institucional del país destrozado por la corrupción, es indispensable que las ideas de libertad sean comunicadas de manera honesta, atractiva y optimista. Eso significa superar el foco meramente economicista. No basta con decir “privatización” o “austeridad”; hay que mostrar, con imágenes y narrativas concretas, que el mercado y la propiedad privada son los mejores instrumentos para el bienestar cotidiano, para que un padre pueda emprender sin extorsiones, para que un médico pueda ejercer sin que le exijan un soborno, para que un estudiante pueda soñar con un futuro fuera del clientelismo político.

La educación económica es vital, pero debe ser “emocionalmente inteligente”. Utilizar metáforas, historias de éxito, rostros reales. No se trata de manipular, sino de conectar. Porque la corrupción y el populismo no solo roban recursos; también roban la esperanza y la dignidad. Y para restaurar la dignidad, las personas necesitan sentir, no solo entender, que la libertad es suya.

Ganar elecciones no es suficiente si no se logra una transformación profunda en la mentalidad y las costumbres del país. Sin ese cambio cultural, los populistas siempre regresan. Por eso, quienes pretenden gobernar Venezuela deben asumir que su mayor fortaleza no serán los datos impecables, sino la capacidad de contar una historia que encienda el Sistema 1 sin abandonar la verdad del Sistema 2. 

No basta con tener la razón; hay que saber presentarla para que las personas sientan que la libertad es el camino hacia su propia felicidad y dignidad. 

11-06-2026 (172-2026)

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