Este tema, también centrado en la educación, es objeto de un detenido repaso de fondo y de forma.
¿Necesitamos forzosamente ser especialistas en cualquier ciencia, profesión, para poder dialogar?
Dijimos, “el diálogo entre la Iglesia y la sociedad es objeto de un repaso de fondo”.
Esto significa: es incongruente alardear de un diálogo, comprensivo, cuando los dialogantes cedemos a la penosa actitud de prescindir de algunos dialogantes. Esto provoca indiferencia.
Ahora bien, quien desee dialogar en serio con diversos interlocutores ha de tomar también en serio la responsabilidad personal de la escucha del otro.
En efecto, el papa San Juan XXIII, en una fervorosa línea de la Constitución Apostólica con la que convoca al Concilio Vaticano II, 25 de diciembre de 1961, resalta, “algunos espíritus […] solo ven tinieblas a su alrededor, como si el mundo estuviese totalmente envuelto por ellas” (Vaticano II, 1976, p. 9).
Por supuesto, la educación nos educa para en esas tinieblas apreciar la distinguida forma que muchos niños, adolescentes, jóvenes, están adquiriendo iluminados por el ejemplo, la constancia y la paciencia de sus preceptores.
Ellos no los abandonan, los orientan, y así con ellos son honestos descubridores de esperanzas de tiempos mejores para la sociedad.
Por ende, “el diálogo entre la Iglesia y la sociedad es objeto de un repaso de forma”, pues, los maestros inevitablemente no trancan a los estudiantes, pequeños o grandes, en sus ineludibles limitaciones; al contrario, al hacerlos conscientes de ellas a la vez los hacen conscientes de sus responsabilidades en el itinerario escolar, y sobre todo del deber de contribuir en él al buen desenvolvimiento de lo que a ellos espiritualmente los vigoriza, los transforma y los perfecciona.
De ahí que, en la enseñanza tanto católicos o no, en su ser intuyen la voz íntima del pedagogo interior, de Cristo, la cual demuestra de modo elocuente que a nadie le ocultamos el llamado al aporte de hacer más humana la vida de los hombres.
Esta voz engrandece la eficacia de la labor didáctica.
El esfuerzo generoso de cada maestro, profesor, prepara a los discípulos en la disponibilidad de aceptar las enseñanzas y directrices prácticas que emanan de sus prolongadas horas dedicadas al diseño de sus clases, al cultivo de la creatividad en métodos de aprendizaje, para que las lecciones las observen, las asimilen, y de esta manera obtengan un resultado.
Entonces, muchos educadores de los niños y la juventud favorecen el diálogo, ya sea entre Iglesia y sociedad, ya sea entre instituciones educativas y sociedad. En este sentido, buscan los medios para renovarse, porque aspiran esclarecer en su misión una verdad pura y sincera.
Es prioritario, en consecuencia, que sus aspiraciones de adelantar en su ramo no queden únicamente en proyectos, sino llevadas al justo fin deseado.
La equitativa remuneración, la accesibilidad de recursos y medios para dicho fin, sin duda es motivadora y esperanzadora.
Quien ejerce la pedagogía con profundidad y entrega, transforma el aula en un espacio de encuentro, mostrando que la verdadera autoridad se funda en el servicio; así, la misión educativa de la Iglesia dialoga con la sociedad al ofrecer un modelo de formación que une saber y ministerio, respeto y apertura.
Referencia:
Vaticano II. (1976). Constituciones. Decretos. Declaraciones. Editorial Biblioteca de Autores Cristianos.
27-11-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




