El encuentro: IV domingo de Adviento

El epígrafe de esta meditación —el encuentro— parte de un evento protagonizado en el alborozo de dos humildes mujeres: María e Isabel (cfr. Lc 1, 39-45). Pregunto, en base a la emoción causada en ambas por su amistad con el Altísimo, ¿necesitamos un cálculo, alguna notación, algún concepto o teoría para animarnos y animar como Dios manda?

María e Isabel demuestran cómo este tipo de prueba lógica es viable, (permítanme representarla de tal modo): sí y solo sí nace el Niño Jesús en nuestros corazones, es más que suficiente para vivir la navidad jubilosos y esperanzados.

Fue suficiente escuchar Isabel la voz de María, para que al momento confiese que, el bebé llevado en sus entrañas, Juan, brincó de entusiasmo ante una identidad única, indefensa, cual embrión cobijado en el vientre de María, pero a la vez tan inigualable en inmarchitable claridad: la del pequeño Jesús, por el cual Isabel declara: «“¿quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme?”» (Lc 1, 43).

Este evento, graficado en el ambiente de un feliz encuentro, invita a darle el valor merecido a las pequeñas actividades de la vida, la sonrisa, el saludo, el abrazo, el apretón de manos, los buenos deseos, la visita a los nonos, el llevar algún obsequio a quienes menos se lo esperan y de quienes menos se lo esperan, etc., con lo cual manifestamos la superación de los condicionamientos naturales, y asimismo étnicos, raciales, etc., y, por supuesto, a la vez procuramos sinceros sentimientos de felicidad que realzan la confianza y el aprecio.

Estos aspectos y el regocijo que producen, nos integran como cercanos entre “nos y los otros” en los que inconfundiblemente la alegría del párvulo Jesús nos contenta para agradar.

22-12-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com