El Mensaje de San Juan Pablo II

La crisis en Venezuela, marcada por la escasez y la fragmentación social, nos invita a reflexionar sobre los principios que pueden guiar a una nación hacia un futuro más justo y digno. Las encíclicas sociales de San Juan Pablo II, en particular Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus, no son teorías abstractas, sino un llamado a la acción arraigado en los conceptos fundamentales de la dignidad humana y el bien común. Su pensamiento ofrece un marco ético para entender y abordar los problemas que aquejan a Venezuela hoy.

En un país donde el salario mínimo no alcanza para comprar un cartón de huevos y la emigración es una realidad dolorosa, las palabras de Laborem Exercens resuenan con especial fuerza. San Juan Pablo II enseña que “el trabajo es una expresión fundamental de la dignidad humana”, pues permite a las personas participar en la creación y desarrollar su potencial. El valor del trabajo proviene de la persona que lo realiza, no solo de la tarea en sí misma. Un trabajo digno debe proporcionar un salario justo, que permita a una persona y a su familia vivir en condiciones decentes y cubrir sus necesidades básicas como la alimentación y la sanidad.

El Papa Amigo, en la encíclica, nos recuerda: “El trabajo es para el hombre, no el hombre para el trabajo”. Esta afirmación es dolorosa para los venezolanos, donde un profesor gana 10 dólares al mes o un médico abandona su país porque no puede comprar zapatos para sus hijos. El salario mínimo está estancado desde hace más de tres años, siendo el más bajo de América Latina. Mientras el gobierno solo cubre con bonos que pierden su valor frente a la inflación, el pontífice denunció que “el salario injusto es una violación de los derechos humanos”.

A pesar de estas injusticias, hay un camino a seguir. El trabajo digno, aquel que promueve la realización personal, es una herramienta para la esperanza. Organizaciones como «Fe y Alegría» en barrios marginados enseñan oficios, demostrando que el trabajo puede ser una herramienta para reconstruir vidas, no solo una fuente de explotación.

La solidaridad, un concepto central en Sollicitudo Rei Socialis, no es una opción más en Venezuela; es la opción para la supervivencia. San Juan Pablo II la define como la “determinación firme y perseverante de trabajar por el bien de todos y cada uno, porque todos somos responsables de todos”. Las “ollas comunitarias” en Petare o los vecinos que comparten medicinas en Maracaibo son expresiones prácticas de este principio, no meros actos de caridad, sino resistencia y solidaridad.

Este principio se vincula con la subsidiariedad, la cual sostiene que las decisiones deben tomarse al nivel más cercano posible a los afectados. El Papa la promovió como una forma de garantizar la participación activa del pueblo en la vida social y política. En Venezuela, donde la crisis exige respuestas comunitarias, este principio es más urgente que nunca. La subsidiariedad es el arte de gobernar de abajo hacia arriba. Sin embargo, la encíclica nos advierte que el desarrollo no puede reducirse al solo crecimiento económico. En el país, mientras se exporta petróleo, 9 de cada 10 venezolanos viven en la pobreza, según un estudio de 2023. ¿De qué sirve el oro negro si no hay pan en la mesa?

En Centesimus Annus, escrito tras la caída de los regímenes totalitarios, reitera que la dignidad humana es el pilar de la doctrina social de la Iglesia. San Juan Pablo II valoraba la democracia como un sistema que asegura la participación de los ciudadanos y la libertad de elegir a los gobernantes, pero advertía que una democracia sin valores puede convertirse en una dictadura. La encíclica critica el capitalismo desregulado y promueve una economía social de mercado que equilibre la eficiencia con la justicia.

El Papa Amigo afirmó que: “La economía debe servir al hombre, no al poder”. En Venezuela, esta advertencia resuena como un desafío, ya que el petróleo, u otros minerales, se han convertido en patrimonio de las élites del poder. El Papa advirtió que “la riqueza mal administrada genera injusticia”.

No obstante, las asociaciones permiten a las personas ser protagonistas de su desarrollo. San Juan Pablo II enfatiza que: “La sociedad debe asegurar el espacio necesario para la iniciativa libre de las personas y los grupos”. Ejemplos de esta iniciativa se ven en los Andes, donde caficultores se asocian para vender directamente al exterior, o en Margarita, donde pescadores artesanales protegen el mar mientras alimentan a sus comunidades. Estos son gestos de una economía con rostro humano.

En resumen, Laborem Exercens, Sollicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus desarrollan de manera integral los conceptos de dignidad humana y bien común. Las encíclicas nos llaman a:

  • Defender la dignidad del trabajo, exigiendo salarios justos y condiciones humanas.
  • Practicar la solidaridad, convirtiendo las colas en espacios de encuentro, no de desesperanza.
  • Construir una economía diversificada, donde el petróleo no sea un dios, sino un medio al servicio del pueblo.
  • Fortalecer las instituciones democráticas, que se basan en principios éticos.

Hay un dicho: “Después de la tempestad, viene la siembra”. La tempestad ha sido larga, pero las encíclicas nos recuerdan que la dignidad es la semilla que nunca muere. ¿Qué sembraremos hoy? ¿Indiferencia o justicia? ¿Corrupción o bien común? La respuesta está en nuestras manos. Para San Juan Pablo II, la asociatividad no es solo un derecho, sino un deber ético: organizarse para defender la dignidad y construir una sociedad donde nadie quede atrás.

Douglas C. Ramírez Vera

ORCID: https://orcid.org/0009-0001-5282-0006

4 de septiembre de 2025