¿Cómo asegura o no el estudioso la intervención de Cristo en la realización de la personalidad humana? Demostrando que su intervención en ella, todo lo opuesto a una instrumentalización, a un disimularla lo máximo posible, es “inmediata”, con el fin de que quien realiza su personalidad no imagine encargado de esta inexcusable y delicada acción a Cristo, u otro integrante del phylum humano (Zubiri).
De ahí el porqué del adjetivo “radical”, pues “la intervención crística” en la realización de la personalidad humana ni es un engaño ni mucho menos un añadido artificial; si así fuese habría la idea de alguien que despacha a todo el que sabe apto en tal realización como si en sí y por sí no lograse nada, como lo advierte Hegel en su crítica a la conciencia dependiente en la Fenomenología del espíritu (Hegel, 1807/2000).
“A todo el que sabe apto”, también recoge este motivo: en tal actividad Cristo actúa más correctamente que cualquier creatura humana; ningún trato automático ni instrumentalizador nace de Él. En verdad, el hombre no observa tal trato automático o instrumentalizador por parte de Cristo, cuando el otro humano no le es un estorbo, ya que en cualquier momento suyo en el “proceso sentiente de su vida” (Zubiri), el otro no sólo intenta, sino que le es vitalmente favorable.
La fuerza de Dios en tal realización de la personalidad humana —Pablo dice que su “debilidad es más fuerte que la fuerza de los hombres” (1 Cor 1, 25)— no es un actuar de improviso.
En realidad, tal realización —llámese filogenética, ontogenética, ontoteológica— puede, aun la más vulnerable, mantener en cuerpo y espíritu una imagen que no le ocasiona ningún deterioro, sino, al contrario, una imagen en la que Él, Cristo, y su ejecutor están trabajándola juntos. Por eso, concierta el rigor de este interrogante: ¿quién permanece propicio a esta realización de la imagen personal?
Innegablemente en tal faena, incluye la gran parte de labores, el hombre no padece una intolerable presión por parte de Cristo. Se engañan de tal modo los que particularmente deciden separarla de su fuerza divina. Él no es un interesado como algunos reyes de antaño o presidentes de hoy: ayudar mucho a los otros para luego dominarlos. Sin embargo, esta superioridad es mucho más fácil de disolver que la del Hijo del Hombre. Nadie puede asegurarle que le devuelve un favor mayor que el recibido por Él: la realización de una personalidad gestada en un complejo celular que continúa organizándose psicorgánicamente, manifestando los efectos de los trascendentales.
Esta expresividad de los transcendentales —res, unum, verum, bonum, pulchrum, aliquid, esse—, en dicha organización es el respaldo de una realidad personal la cual está teniendo importantes desarrollos. Es admirable cómo el complejo de células posee la potencialidad de ir paulatinamente conformando alguien con identidad definida.
Es además irrefutable la influencia crística ahí: Él a ese complejo no le solicita varias formas de argumentación; cautelosamente lo conduce, porque le es “identidad definida”, y no a definir según los parámetros sofistas de los estudiosos.
Referencias:
Biblia de Jerusalén. (2009). Edición pastoral. Editorial Desclée de Brouwer.
Hegel, G. W. F. (2000). Fenomenología del Espíritu. (A. García Suárez, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1807).
Zubiri, X. (2004). La experiencia como vía de acceso del hombre a Dios. 45(4), 477-493. https://www.redalyc.org/pdf/322/32245401.pdf
02-10-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




