Lo concreto procura fidelidad y confianza. De Cristo hay muchas ideas y palabras, pero ajusta concretarlas indefectiblemente. Algunos razonamientos son una trampa al momento de “delimitar” verdad y sinceridad en relación a la persona de Cristo. El hombre ha patentizado que distintas pruebas padecidas por él le han conducido a la purificación de ideas falsas. Ésta le ha recalcado con juicio un conocimiento de Cristo no sólo por el placer de conocerlo, sino de testimoniar en la construcción del mismo conocimiento este urgente objetivo: destruir y construir; edificar y plantar.

Este “urgente objetivo” define: a Cristo acuerda sacarlo del olvido y darle la centralidad correspondiente, reconocerle su identidad propia en medio de tantas disquisiciones filosóficas, teológicas, científicas, con que a menudo le abordan. El hombre, incluso el más crítico respecto a su divinidad, no lo transforma en una especie de nómada de los argumentos; en verdad, Él le es Dios cercano y absolutamente confiable.

¿Cristo es incapaz de defender su “identidad propia” ante el acoso de teorías anticristianas? La “paciencia histórica” de Dios es “específica” (cf. Biblia Latinoamericana, Antiguo Testamento, Verbo Divino, 2019), y el que habla “de él” lo hace también “con él”; así, las concretas definiciones sobre él desde él, ateas o creyentes, no son circunstancias casuales; concretamente Él ofrece más de cuanto el creyente o el ateo podría esperar.

Esta última locución orienta a un pensador sincero y abierto.

Una sinceridad creyente o atea, incompatible con la tarea de, encomendándose más a los castigos divinos o a las perfecciones más perfectas en invenciones que en honestidad, sutilmente destruir los méritos del otro, acreditando una “vanagloria extravagante” (cf. Copleston, Historia de la filosofía, Vol. 6), determina seres vacilantes cuyo cometido más inmediato es una humillante relación de dependencia respecto a lo divino.

Los dichos y hechos de Jesús son suficientemente verdaderos.

Una de las tantas pruebas de su verdad es la sencillez y virtud con que piden ser observados. Lo concreto, acerca del modo intensivo de conocer a Cristo, está en la intensidad de observar su verdad con sencillez y virtud. Esta verdad, a lo concreto e intenso de ella, es inaccesible al que la pretende con una perversa curiosidad. Cristo, Maestro único de todos, —traza San Buenaventura—, asiente la ciencia, puesto que es digno del hombre informarse y conocer ideas, sin violar indiscretamente que el conocimiento es inútil y brutal cuando lo emplean con fines destructivos.

En fin, el modo de conocer a Cristo en lo concreto, lejos de ser un saber anclado en una obviedad monótona, tutor de razonamientos únicamente condicionados e hipotéticos, el cual persista en una explicación de lo sobrenatural completamente enigmática, desde luego, no imposibilita que en el “autoperfeccionamiento” (cf. Copleston, Vol. 6), tal saber experimente, no ya un instinto de conservación, sino una conservación en tal tarea por la que va profundizando la energía de una bondad sigilosa y cuidadosamente influyente.

04-09-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.