El hombre intenta conformar el conocimiento de Cristo con precisión. Lo intenta observando que él ha de ser expresividad verdadera de la existencia de Alguien superior a sus razonamientos. El conocimiento de Cristo es para él el más preciso. Aunque haya restricciones, ningún ente, ni siquiera el estado, le limitan la voluntad de conocerlo.
Utilizarlo es ponerlo en una conformidad tan pretensiosa que, en lugar de serle el apoyo mundanal y temporal de su semejanza, el hombre pareciera transformarlo en paladín de insulsas reminiscencias. Pretende así que, por su conocimiento, el erudito, aun pobre, tiene muchas ventajas de las que no posee Cristo y, por tanto, pareciera éste mendigarle su eficaz y precisa existencia.
¿Cómo exigirle al dueño absoluto de todo que “su pobreza” sea inútil al socorro de la mendicidad de cualquier hombre o mujer, aun a la de aquellos ostentadores de posiciones lucrativas de eminencia y poder?
En realidad, Cristo a nadie impone pesados impuestos para remediar “su pobreza”.
Un conocimiento de Cristo de ese modo, lo convierte en el principal imperceptible de su contenido. Su auténtica imagen encaja sostenerla incluso en el discernimiento. Aquí, en el templo, en la sociedad, en la filosofía, en la teología, en la ciencia, le encuentran siempre bueno, siempre en alianza hasta con quienes indiferentemente obvian a los otros que en ellos y en sí aprecian al rostro de Jesús.
La estima no la conquista el apologista de la inigualable revelación de Cristo en el mundo haciéndole la guerra al otro. A sus ciudades no le han saqueado la revelación, al contrario, la han observado, porque su centro, Jesucristo, conserva con solidez la precisión íntegra de la divinidad. Son muchos los ciudadanos de las metrópolis del orbe que lo aprecian y no esconden la satisfacción por lo que ha hecho en ellos y con ellos.
Esto prueba que, quienes lo aprecian y le reconocen benevolente, con esta forma de ser demuestran esta liberalidad no exclusivamente favorable a sus aliados. En este sentido lo poco escaso ha de ser la humildad, actuada en tantos hombres y mujeres santos, según la cual se han recalcado: si le servimos peor que otros, ¿por qué ha de preferirnos a ellos?
Ello asimismo demuestra que, según los méritos de cada uno, y no siendo mutuos espías de lo que hacen o no, sino notando “en carne propia” que en la conquista de tales méritos nadie está excluido de las “competiciones”, entonces, por ellas quien proclama vencedor o vencedores, es Aquel que no lo consultan ni tampoco le ruegan una guerra de hombres contra hombres, mucho menos compra la voluntad de los luchadores, sino Aquel que quien llama “su Padre” (cf. Lc 6, 36) ÉL le contempla su propio Hijo (cf. Jn 10, 30), y al que, en el combate por ganar los merecimientos, abre esta precisión: no es fácil para el Hijo ganar al que, en la danza del conflicto, se disfraza de aliado pero no se atreve a luchar por él.
Él es preciso en amabilidad, y, en consecuencia, de ninguna manera selecciona: estos son mis amigos, y enemigos todos los demás. En realidad, amigos de Cristo muchos; y de estos, voluntariamente a los que quieren contrariarlo, asegura, «“tengo otras ovejas que no son de este corral”» (Jn 10, 16), y, «“vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique, pues para eso he salido”» (Mc 1, 38).
18-09-25
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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