Este modo está inclinado a lo histórico, concreto y preciso.
Es histórico, porque la historicidad de Cristo está avalada en el testimonio evangélico. En el mundo hablan mucho de Él. La esperanza radica en que la opinión que prevalezca es la de considerarlo no como una pelada abstracción racional. Una consideración así niega “la carne de Cristo” como afín a la de la humanidad.
En realidad, Jesús además de dar a conocer el verdadero concepto de Dios desde ÉL MISMO, acogido y desvelado en su época como a lo largo de la tradición eclesiástica, incluso mundana (otros pensadores), también evidencia, en su propia realidad personal, su desacuerdo a un tipo de misticismo aburguesado y mediocre.
Respecto al transcurso histórico de Cristo el hombre ha de dejarse de sus mezquinos fines inmediatos.
Mientras nació, vivió, caminó toda la extensión geográfica de Israel, murió y resucitó, manifestó un modo de ser corporal y espiritual diverso del de sus parientes, sus seguidores y sus adversarios.
Por ende, tendríamos que ser un estricto y sagaz sofisticado en la elaboración de detalles, un individuo inafectado totalmente por las distracciones —y subrayo este vocablo— para esquivar la honestidad de estas palabras:
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn 14, 9).
Ellas innegablemente remiten al verdadero ser de una persona, para el que inventárselo exigiría una incesante dedicación —cosa humanamente fatigosa— al propio mejoramiento y, sin duda, sumado a éste, la representación de cómo, el verdadero ser de la persona, Cristo, procedió al cultivo de su singular espiritualidad.
Hoy la humanidad tendría una existencia ilusoria de Cristo, si él se despropia de su ser; pero lo cierto es que la humanidad no cuenta con una integridad anónima que ejerza el papel de Cristo, sino una identidad divinamente única, poderosamente generosa ante la que se emparejan las grandes diferencias entre los seres humanos concretos.
Cristo es histórico y real, porque ha realizado una entrega sin exigirle a su vez al hombre, a la mujer, algo rigurosamente semejante, comparable a la suya; es decir, es histórico y real, ya que no los trata como si fueran esencialmente idénticos a Él; no los expone a revestirse de un ropaje perfectamente trivial; al contrario, estima que haya el reconocimiento de la humanidad en el otro.
En efecto, amor a Dios y al prójimo (cfr. Mt 22, 37-39; Lc 10, 27; Jn 13, 34-35; Rm 13, 9).
Alterado el conocimiento humano de Cristo por la soberbia, su patrocinador se testifica poco en su semejante; y es legítimamente en éste donde ninguna teoría o razonamiento le usurpa la sencillez de su semejanza para determinarle en el rostro del “próximo” una abstracción en la que de lo humano de Cristo preserva casi nada.
Históricamente, Cristo es el fundamento de la expresividad divina en la integridad de la vida del ser humano.
28-08-2025
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com




