El Ocote, madera de gente buena

El reloj marcaba las 12 en punto del mediodía, el sol posicionado en su cenit, la temperatura rondaba los 38 grados centígrados en la carretera Aguascalientes-Villa Hidalgo (México) y el pavimento dando la impresión de evaporarse, pues el movimiento del auto combinado con la luz producían ese efecto visual.

Faltaba poco para llegar a la comunidad de El Ocote, cuando de repente se encendió la señal de alerta en el tablero y el insistente bip-bip-bip indicaba un sobrecalentamiento que ameritaba detenerse y esperar a que el motor refrescara para seguir el viaje.

Este contratiempo terminó siendo una valiosísima oportunidad para disfrutar el imponente paisaje, por donde se mirase había cientos de cactáceas, vestigios de selvas bajas caducifolias, promontorios con cárcavas indicando el efecto erosivo de las corrientes de aire durante miles de años y reinaba tonalidades de ocres que sería la envidia para las paletas del más afamado muralista mexicano.

Después de refrescarse, el viajero que recorría por primera vez estas tierras ajustaba su cámara para obtener la mejor “toma” estilo Nat Geo, al mismo tiempo a escasos metros un particular animal no dejaba de mirar con curiosidad, quizás esperando que su regio porte quedase inmortalizado en una fotografía o en la memoria.

Apenas transcurrieron breves segundos cuando el fotógrafo notó que lo observaban, sus ojos no dieron crédito al personaje que la madre natura puso a sus espaldas, era un ave que hasta ese momento solo conocía por las caricaturas de televisión que disfrutaba siendo un niño, el mismísimo “Correcaminos Grande” (Geococcyx californianus). No le quedó más que conformarse con la pintoresca imagen en su memoria, porque cuando ajustó su equipo ya el ave había emprendido veloz huida dando largos saltos y perdiéndose tras una señalización que indicaba que para arribar a El Ocote faltaban 5 kilómetros.

Tres niños muy vivaces dieron la bienvenida a la zona arqueológica que acoge pinturas rupestres prehispánicas, en lo que hoy se conoce como la Sierra Madre occidental. Cordialmente convidan y acompañan hasta las mesas donde se adquieren las entradas.

Cancelados 50 pesos mexicanos para ingresar al parque arqueológico, el frustrado fotógrafo de correcaminos se fijó en los coloridos tenderetes de comida tradicional. Antes de emprender la caminata con los niños guías hacia las pinturas rupestres, fue conveniente comer dos “gorditas” (tortilla gruesa elaborada con masa de maíz) de chicharrón, requesón con frijol, y acompañadas con “agua de jamaica”; la elección fue difícil, porque además había agua de tamarindo y limón.

El sendero que conduce a las pinturas rupestres está dominado por matorrales de mediano porte, afloraciones rocosas en cuyas hendiduras eventualmente se esconden las lagartijas de sus depredadores naturales o de las pisadas de algún caminante distraído por el azul del cielo o los matices rojos de las puestas del sol.

Los guías explican con gran soltura y dominio las probables motivaciones para que los antiguos asentamientos humanos hayan plasmado rojas imágenes antropomorfas, zoomorfas y petrograbados que según los estudiosos datan entre los años 575 al 900 d.C.

Mientras transcurría la enigmática explicación de Joselito, un agudo silbido surgió en el cielo, era una rapaz que transportaba en sus garras la cena de la jornada. Es parte del equilibrio natural que han comprendido los habitantes de El Ocote, pues a partir de situaciones similares desarrollan las interpretaciones ambientales que exponen a los viajeros ávidos por vivir experiencias genuinas.

Antes de emprender el regreso a la ciudad de Aguascalientes, en la antigua escuela de tapia y caña brava algunos representantes de la comunidad expusieron por qué habían tomado la iniciativa de ser ellos los gestores de sus espacios naturales. Lo más valioso de la breve charla fue comprender cómo lograron integrar para el desarrollo local y sin distinción de género a niños, jóvenes, adultos y ancianos; cada uno aporta experiencias, destrezas y conocimientos para exaltar con orgullo su identidad. Están convencidos de que como sus predecesores dejaron historias narradas en sus pinturas y petroglifos, ellos también pueden dejar un legado en la mente y corazón de los viajeros.

El Ocote es un buen espacio para comprender la labor conjunta por el bienestar colectivo, la fraternidad, la convivencia armónica, el equilibrio con la naturaleza y si hay fortuna fotografiar a un correcaminos, ¿qué más se puede pedir a la vida?

Antonio Rivas

Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.

25 de noviembre de 2025

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