(Mateo 11, 25-30)
La obra liberadora de Cristo —veámosla desde el contexto de la 1ª lectura Za 9, 9-10— es modesta, humilde y, aunque a los hombres nos pareciera derrotada por los sucesos, efectivamente victoriosa.
La efectividad de la victoria de Cristo se manifiesta especialmente en estos momentos sobre nuestros ánimos, debilitados por el dolor, la tristeza y la impotencia. Desde luego, cuando confiamos absolutamente en Dios —a quien con el salmista llamamos “Dios y rey”— reflexionamos y admitimos que Él guía el tiempo, los hombres y las cosas para nuestro sano provecho. En estos instantes de nuestra historia religiosa y social, en los cuales se nos invita: “mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso, humilde y montado en un burrito” (1ª lectura), no consideramos a Jesús dócil a nuestros consejos, sino a nosotros dóciles a los suyos; por ende, “el Padre ha puesto todas las cosas en mis manos”.
Es más, Él, que no está un instante desocupado, apacible y solidariamente nos asegura: “vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga y yo les daré alivio”. Y es esta frase consoladora —para las personas damnificadas, para los dolientes por la pérdida de sus seres queridos y para nosotros— una lección y una elección de la que no tenemos nada que dudar sino, al contrario, que la calidad de la fe, la esperanza y la caridad, aquí y ahora, siga siendo efectivamente victoriosa.
Para obrar bien todo tiene sus dificultades, no así lo contrario. Sin embargo, la gran mayoría de las personas, dejando totalmente de lado el “desorden egoísta” para evitar hacerlo “regla de conducta” (cf. 2ª lectura Rm 8, 9.11-13), demuestran con su asistencia al prójimo y con sus obras que llevan, dan y dejan en los más vulnerables una esperanza de buena espiritualidad, buena educación, buena medicina, buen voluntariado y buena humanidad.
Reconozcamos generosamente que, en las circunstancias en que muchos están obrando el bien —incluidos los centros de acopio en las parroquias, diócesis u otras instituciones—, no son hombres y mujeres interesados, sino amigos y filántropos que están ayudando con mucho esmero a restaurar la esperanza, a nutrir la vida con ella y a no volvernos insensibles. En efecto, subraya el salmista: “Bueno es el Señor para con todos y su amor se extiende a todas sus criaturas”; así lo confirmamos al volver a escuchar del mismo Cristo: “El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos”.
05-07-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com
05-07-2026


