El Padre José Eustorgio Rivas; Pionero siempre

Por: Ramón Sosa Pérez…

José Eustorgio Rivas, precursor de los Curas Camineros del sur, llega de párroco a Canaguá en octubre en 1953. Nació en Aricagua el 6 de junio de 1925 en el hogar de Delia Torres y Caracciolo Rivas, guardianes del credo inculcado por frailes agustinos. Cursó educación básica en su pueblo, continuó en el Seminario de Mérida, bachillerato en el Interdiocesano de Caracas y desde España acusa excelente calificación que complace a su Arquidiócesis.

La vasta ilustración hallada en la Biblioteca de la Universidad será objeto de su aplicación que hallará juzgando lecturas de grata utilidad a futuro. En la madrileña Universidad Pontificia de Comillas se ordena sacerdote en julio de 1949. De la tierra nativa le quedó el emboque que dejaron los agustinos legando lengua, religión y un útil abecé de organización comunal que se tradujo en la cayapa y el convite; acicates de su servicio sacerdotal.

José Eustorgio Rivas, discípulo del surco agustiniano en el sur de Mérida, se hizo seguidor de su doctrina y la impronta que marca su vocación es digna de homenaje. Ya en su Arquidiócesis explora nuevos horizontes y destinos en la historia de la grey andina. Su destino le reservaba sitial destacado en la hechura social de Mérida, a pesar de su modestia que habrá de reconocerle el puesto de mayorazgo que se ganó en su periplo vital.

El Arzobispo Acacio Chacón le asigna encargo parroquial en Zea, pueblo de febril acción social, religiosa y económica. No en balde había parido a Alberto Adriani, gestor del Plan de Febrero que rubricó el país postgomecista, agotado en el rezago del régimen que solo dejó prosperar hambre, miseria y plagas por 30 años. Los zedeños llevaban largo trecho en la rehechura del pueblo, asolado por el terremoto de 1894 y el párroco valora estos esfuerzos. 

Se había coligado con el pueblo y a solo 2 meses de curato, el Arzobispo lo llama a suceder al Padre Ramón Pernía, ilustre estudiante del Seminario de Mérida y ahora párroco de Canaguá, en la idea de aliviarle la tarea y llevar al sur al joven con su fardo de iniciativas. José Eustorgio, pasmado por el súbito cambio de parroquia, prepara la mudanza. Canaguá, un oculto lugar en la geografía, apenas se conocía por su abrupta topografía y aislamiento.

Con apenas 28 años cumplidos, Rivas pisa tierra canagüense el miércoles 21 de octubre de 1953. En breves días el párroco se iba convenciendo de la más urgente de sus carencias. Canaguá estaba aislado de sus vecinos y más aun con Mérida, la capital. Los lugareños iban a la ciudad cuando se trataba de una diligencia en extrema forzosa. La educación de los hijos era impensable más allá de lo elemental en las escasas escuelas que allí había.

El correo y los arrieros referían las escasas noticias que afuera ocurrían. El Padre propuso erigir el andamiaje que facilitara acceso al mundo ignoto más allá de su frontera y concibió ordenar las ideas, formular el trazado y presentarla al pueblo. Dio paso a la fábrica del templo, promovido desde la imagen visionaria del Padre Enrique Moreno y que igualaba el impulso de un pueblo dispuesto a secundar al párroco y motivarlo en los trabajos.   

La obra lo persuadió del heroísmo popular que se topó en Canaguá. Se requería fuerza humana aparejada en tramos que en relevo trasladaran las cabillas de 12 metros de largo en el viaje lleno de guijarros, barrizales y callejas, apenas usadas como trochas de herradura. El púlpito se hizo tribuna de sus ideas que a poco le ganaron el alias de cura loco que se atrevía a plantear llevar un vehículo cuando ni siquiera tenían carretera.

Los caminos se volvían intransitables en invierno y el abandono arbitrario del Estado los condenaba a la orfandad perpetua. Apenas un puñado de jóvenes integraban sus iniciativas y con ello trataba de convencer a los padres. Ante el desgano de unos, la fe de muchos y la malicia de quienes creyeron amenazados sus intereses, llevó el vehículo desde Santa Cruz de Mora a Canaguá, por el camino de mulas. 

El 14 de marzo de 1954, desafiando mil riesgos, culminó la proeza de llevar el primer jeep a Canaguá, al frente de un gran voluntariado que organizó 400 centros catequísticos en Guaimaral, Chacantá, El Molino y Capurí, creó escuelas y Centros de Alfabetización, embrión de las Escuelas Radiofónicas, fundó 1 emisora y 1 impreso en 1956 con el nombre de La Voz del Sur para vencer el hambre de saber y la avidez de relacionarse con el mundo.

En 1.957 se juntaron a Canaguá las tierras del extremo sur del Estado, eternizadas en injusto olvido. Rivas fundó allí la aldea Santa María de Caparo y trasladado a Tovar crea el Instituto Monseñor Chacón, Escuela Artesanal, Instituto Campesino Santa Cruz de Mora, Radio Occidente, Cine Parroquial y el Colegio Padre Arias. En 1970 viaja a Colombia, Perú, Chile, México. EEUU y España para conocer su experiencia educativa.

Autor de 9 libros sobre Bolívar, la educación, la historia regional y la oralidad andina. Su obra de quijote con las Escuelas del Aire, génesis de la Educación a Distancia, lo hace pionero en la formación de generaciones de la ruralía centro-occidental de Venezuela. José Eustorgio Rivas cumplió su ciclo vital el 11 de septiembre de 1999, con 76 años, 2 meses, 2 semanas y 1 día. Queda pendiente el legado de quien honró el gentilicio merideño.

14-09-2025