Por: Ramón Sosa Pérez…
A lo largo de su historia, el sur de Mérida ha sido Cuna Elegida de decenas de vocaciones sacerdotales y religiosas que le confirman por analogía la privilegiada posición de baldaquín espiritual del Estado. No en balde allí nació el egregio Varón de la Iglesia Pedro Adonaí Noguera Mora, sucesor inmediato de los misioneros agustinos en las tierras del mediodía merideño, quienes instituyeron la Doctrina de Nuestra Señora de La Paz, en septiembre de 1597 en Aricagua.
Ordenado Presbítero en el Seminario de Curazao, a principios del siglo XX, Adonaí Noguera sufrió el forzado exilio del generalato guzmancista que hostigó a la iglesia por no plegarse a sus delirios de grandeza. Desde su ordenación sacerdotal fue destinado a una larga y fecunda misión que comprendía Mucuchachí, Mucutuy, Aricagua, El Morro y Santa Bárbara de Barinas, con posterior extensión a Canaguá. Es el decano de los pastores católicos nacidos en suelo surandino.
Esta hilada de vocaciones sacerdotales, desde Aricagua a Guaraque, fue adosando nombres que hoy devienen en el espacio geográfico regional con mayor aporte porcentual de guías espirituales en la Arquidiócesis, lo que ciertamente simboliza un activo de evangelización digno de reconocimiento. No es casual entonces que, al casi centenar de clérigos nacidos en la zona, revelemos luminarias de la fe como el Padre Ramón Emilio Pernía Noguera, pastor de probadas prendas espirituales.
En Mesa de Quintero, aldehuela cuasi imperceptible tras la breña del sur merideño, el 6 de octubre de 1926 vio la luz primera este niño que andando el tiempo atendería el llamado al sacerdocio, con la impronta de un ejemplar apostolado. Por sus condiscípulos, como José Boanerges Uzcátegui Montilla, conocimos en cercana confidencial las excepcionales virtudes que ornaron al Padre Ramón Emilio; disciplinado, trabajador, honrado, justo y comprometido cabalmente con su credo.
También fue 6 de octubre aquel de 1938 cuando sus padres Ramón Pernía y Josefa Noguera, deciden matricularlo en el Seminario de Mérida. Tenía 12 años de edad y desde esa fecha su vida estuvo entregada a conocer el Camino del Altar y servirlo con dedicación. Su aplicación proverbial, nos contaba el Padre Uzcátegui, se fraguó en el claustro formador donde solía abstraerse entre libros, unos sugeridos por sus preceptores y otros, seguidos por una innata intuición para la teología.
De Mérida viaja a la capital para seguir estudios de Seminario Mayor en el Interdiocesano de Caracas y a su egreso, ya con la tonsura clerical de Diácono, recibe Ordenación Presbiteral en la Arquidiócesis de Mérida el 26 de octubre de 1950 con la Oración Consecratoria de su Obispo Ordinario Monseñor Acacio Chacón y su Primera Misa la oficia en Guaraque, en honor a la Patrona del lugar Santa Bárbara, con grande júbilo en tanto era el primer hijo de la región con dignidad sacerdotal.
La iglesia sureña celebraba con pompa tal suceso en tanto ya su excondiscípulo José Eustorgio Rivas, nativo de Aricagua, se había Ordenado Sacerdote en España con grado académico en la Universidad madrileña de Comillas en 1949. El primer destino del Padre Pernía fue Santa Cruz de Mora en 1951 y de la incardinación, el Padre Alfonso Rojas rememoraría la emoción de los días cuando los jóvenes anhelaban servir en sus tierras de origen, sin que se atrevieran a proponerlo ante el Arzobispo.
Entre paisanos, Rivas, Rojas y Pernía se topaban en la conversa, sin advertir lo que pensaba el prelado. Un día Monseñor Chacón convocó de urgencia a Palacio a los Padres Ángel Alfonso y José Eustorgio para anunciarles que el primero iría a Mucutuy y el segundo a Canaguá, en traslado desde Zea donde hacía 2 meses prestaba servicios mientras que al Padre Pernía lo citaba de Canaguá luego de una breve estada parroquial y lo destinaría a la vasta grey diseminada en el eje panamericano.
Monseñor Chacón conocía las virtudes del Padre Pernía, por lo que trató de mantenerlo cerca de su servicio, como nos certificó el Padre Boanerges, uno de los más cercanos al pensamiento del Padre Ramón Emilio. Probablemente, a ello obedeció que al agradecerle su misión predicadora en la casi inhóspita tierra panamericana, desasistida en lo pastoral por su lejanía geográfica, le ofreciera canonjía en el gobierno eclesiástico, que el sacerdote mesaquinterense resiste con humildad franciscana a cambio de servir en el Secretariado de la Arquidiócesis por 3 años, desde 1968.
Ya antes se había desempeñado de Párroco en Bailadores entre 1956 y 1964, iniciando apostolado excepcional en el desarrollo de una de sus grandes cualidades: la escucha paciente de su rebaño, el conocimiento que brota de la experiencia personal de una religiosidad particular y privativa. Esa característica suya de observante privilegiado fue clave en un apostolado con olor a santidad. En la villa de Bailadores supo calcar el alma de una feligresía con la que se identificaría para siempre.
Pasados unos 15 años desde que recibió nuevas tareas, el Padre Pernía retorna a Bailadores y el júbilo popular fue palmario para retomar el camino en logro espiritual y material, como promotor de iniciativas comunitarias en una obra sin descanso. Se multiplicaba en cada responsabilidad y los fieles, a una como Fuenteovejuna, seguían su traza de buen hacer que concertaba de forma admirable lo espiritual con el desarrollo social desde la convicción colectiva por el hacer juntos.
Si hoy Bailadores prepara con boato la celebración de su Centenario de vida (1926-2026) es para hacer justicia a uno de sus grandes hacedores, quizá el más sobresaliente. La Arquidiócesis de Mérida honra así la vida propicia de un sacerdote íntegro que dio su vida por la genuina evangelización en testimonio de humildad y sencillez singular. Vivió como un santo; dándose a los demás desde la confirmación de su fe en cada uno de los actos de su paso por esta Tierra de Gracia.
23-11-2025




