El país se juega en las aulas

Por Angel José Andara*

Después de tres décadas dentro de la universidad venezolana, viendo pasar generaciones de estudiantes, profesores, crisis económicas, conflictos políticos y profundas transformaciones sociales, hay algo que sigo creyendo firmemente: el futuro del país todavía pasa, en buena medida, por sus universidades.

Lo digo porque he visto la universidad en momentos de enorme vitalidad intelectual, cuando las aulas eran espacios de debate, formación crítica y esperanza colectiva. Pero también la he visto deteriorarse lentamente, golpeada por la crisis económica, la precarización institucional y la pérdida progresiva de condiciones para enseñar, investigar y construir conocimiento. Aun así, incluso en medio de tantas dificultades, la universidad venezolana conserva algo extraordinario: sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía se piensa el país.

Hoy los estudiantes llegan a las universidades con expectativas muy distintas a las de hace veinte o treinta años. Antes, para muchos jóvenes, ingresar a la universidad representaba casi automáticamente movilidad social, estabilidad y futuro. Hoy esa relación ya no es tan clara. El estudiante actual no solo busca un título; busca herramientas reales para sobrevivir en un entorno incierto, competitivo y profundamente cambiante.

Los jóvenes esperan formación de calidad, acceso a nuevas tecnologías, conexión con el mundo laboral y oportunidades concretas de crecimiento. Pero también esperan orientación. Aunque pocas veces lo expresen directamente, muchos llegan intentando encontrar sentido en medio de una sociedad marcada por la incertidumbre, la migración y el desgaste institucional. La universidad sigue siendo, para miles de muchachos, un lugar donde todavía es posible construir proyecto de vida.

Sin embargo, la universidad también tiene derecho a esperar algo de sus estudiantes. Y esto es importante decirlo en tiempos donde muchas veces se entiende la educación únicamente como un servicio. La universidad no puede reducirse a un espacio donde se “consume” información para obtener un diploma. Requiere disciplina, compromiso, honestidad intelectual y capacidad de asumir responsabilidades.

Formar profesionales nunca ha sido suficiente. Un país puede tener técnicos muy competentes y, aun así, fracasar socialmente. La universidad tiene la obligación de formar ciudadanos capaces de pensar críticamente, debatir con argumentos, entender los problemas de su entorno y asumir compromisos éticos con la sociedad.

Ese equilibrio entre formación profesional y formación humana se ha vuelto uno de los grandes desafíos contemporáneos. Durante años, buena parte de la educación superior comenzó a orientarse casi exclusivamente hacia la empleabilidad inmediata, dejando en segundo plano la reflexión crítica, las humanidades y la formación ciudadana. El problema es que las sociedades no se sostienen únicamente con eficiencia técnica. También necesitan conciencia democrática, valores públicos y pensamiento crítico.

Por eso las universidades tienen que replantearse hacia dónde deben apuntar en los próximos años. El mundo cambió aceleradamente y la educación superior no puede seguir funcionando bajo esquemas rígidos o desconectados de la realidad. Hoy se necesitan universidades más flexibles, interdisciplinarias y vinculadas con los problemas concretos de la sociedad.

Ya no basta con transmitir contenidos tradicionales. Las nuevas generaciones necesitan desarrollar capacidades de adaptación, innovación, análisis complejo y resolución de problemas. La inteligencia artificial, la automatización y la transformación tecnológica están modificando prácticamente todas las profesiones. Frente a eso, las universidades tienen que actualizarse sin perder su esencia.

Pero modernizar no significa únicamente incorporar tecnología. También significa recuperar pertinencia social. Durante años repetimos que la universidad debía conectarse más con la realidad del país. Hoy eso ya no es una recomendación académica; es una necesidad de supervivencia institucional.

La universidad venezolana tiene que volver a convertirse en un espacio donde se investiguen seriamente los problemas nacionales, donde se generen propuestas para el desarrollo económico, científico y social, y donde el conocimiento no permanezca encerrado dentro de las aulas. La investigación, la ciencia y la innovación no pueden verse como lujos en países en crisis; son precisamente herramientas fundamentales para superar las crisis.

En Venezuela, además, hablar de universidad implica inevitablemente hablar de democracia. La historia política venezolana sería imposible de entender sin el movimiento estudiantil. Cada vez que el país atravesó momentos críticos, las universidades terminaron convirtiéndose en espacios de resistencia, debate y movilización.

La Generación del 28 marcó un punto de inflexión en la lucha contra la dictadura de Juan Vicente Gómez. Décadas más tarde, los estudiantes tuvieron nuevamente un papel importante en la resistencia contra Marcos Pérez Jiménez. Y más recientemente, distintos movimientos universitarios volvieron a aparecer en momentos de alta tensión política e institucional.

Más allá de posiciones ideológicas, existe un hecho difícil de negar: históricamente, las universidades venezolanas han funcionado como conciencia crítica de la nación. Han sido espacios donde todavía se discute ciudadanía, derechos, libertad y democracia.

Precisamente por eso resulta tan preocupante el deterioro que hoy enfrentan muchas universidades del país. La crisis no es solamente presupuestaria. Sería simplista reducir el problema a recursos económicos, aunque ciertamente son indispensables. El deterioro también es institucional, académico y humano.

La migración de profesores, la pérdida de talento joven, los salarios insuficientes, la desactualización tecnológica y el deterioro de la infraestructura han golpeado profundamente la calidad de la educación superior venezolana. En algunos casos, las universidades han tenido que concentrarse más en resistir que en crecer.

Pero quizás el problema más grave sea otro: el riesgo de que las nuevas generaciones pierdan la confianza en la educación como mecanismo de transformación social. Cuando una sociedad deja de creer en sus universidades, empieza lentamente a renunciar a su futuro.

Por eso el principal reto de las universidades venezolanas hoy no es únicamente sobrevivir. Es recuperar relevancia, credibilidad y capacidad de formar generaciones preparadas para reconstruir el país.

Y allí aparece la enorme responsabilidad de los estudiantes actuales.

Las nuevas generaciones enfrentan desafíos particularmente complejos. Han crecido en medio de crisis prolongadas, polarización política, deterioro institucional y desesperanza social. Muchos sienten que el esfuerzo no garantiza oportunidades y que el futuro siempre parece estar en otra parte. Esa percepción, comprensible en muchos casos, ha alimentado apatía, desinterés y desconexión con los asuntos públicos.

Sin embargo, el país necesita justamente lo contrario. Necesita jóvenes preparados, críticos y conscientes de que el conocimiento también implica responsabilidad colectiva. La universidad no debería formar únicamente profesionales exitosos en términos individuales; debería formar ciudadanos capaces de contribuir a la reconstrucción democrática, institucional y moral de Venezuela.

Eso implica desarrollar sensibilidad social, capacidad de diálogo, tolerancia, pensamiento crítico y compromiso ético. Implica entender que los problemas nacionales no se resolverán únicamente desde la política partidista, sino también desde la educación, la ciencia, la investigación y la formación de nuevas generaciones con mayor conciencia ciudadana.

Sigo convencido de algo: los países no se reconstruyen solamente con recursos económicos. Se reconstruyen también desde las ideas, desde la formación y desde la capacidad de una sociedad para preparar a sus jóvenes.

Y esa sigue siendo, pese a todas las dificultades, la misión más importante de la universidad venezolana.

*Profesor de la Facultad de Ingeniería ULA

Representante profesoral al Consejo Universitario

19-05-2026

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