Este viernes 27 de marzo del 2020, el mundo se paralizó para presenciar una ceremonia que por sus características especiales y en un ambiente de recogimiento y cuarentena por causa del coronavirus, hizo sentir a cada espectador, creyente o no, la gran preocupación que existe por una pandemia que está cubriendo al planeta con su sombra de contagios, muerte y desolación.
La imagen del Papa Francisco, subiendo las escalinatas de la Plaza de San Pedro, en total soledad, bajo una lluvia pertinaz con reflejos plateados sobre la tarde estival, en Roma, provocaba sentimientos encontrados. Mientras veíamos al Santo Padre caminar, lentamente, por los espacios vacíos de lo que antes era un centro de reuniones multitudinarias de los fieles, causa estupor, incredulidad, desasosiego, ¡quién iba a imaginarse jamás,que el Vaticano y sus alrededores mostrarían un panorama tan sombrío, apagado, nostálgico ¡
Este viernes, como un regalo a los fieles, como una demostración al mundo de que la Iglesia no abandona al pueblo del Señor, un hombre que se llama, Jorge Mario Bergoglio, ahora , el Papa Francisco, por primera vez en la historia milenaria de la Iglesia católica, rezó en solitario ante la inmensa plaza vacía de San Pedro y dio la bendición «Urbi et Orbi» (a la ciudad y al mundo), la indulgencia plenaria por la pandemia de coronavirus que lo azota, sin piedad, sin distingo de razas, credos, ideologías, edad, condición social. Una partícula microscópica pero en muchos casos letal, que ha puesto a la humanidad entera en aislamiento, que no conoce fronteras, que mata con total impunidad. Por esa razón, la significación de ese ritual que presenciamos desde nuestros lugares de residencia, a través de los medios de comunicación social, llegó y tocó lo más profundo de los corazones de los millones de habitantes del planeta, afligidos por este mal. Hubo lágrimas, emoción, y cada quien escuchó las palabras del Santo Papa y lo acompañó fervientemente en sus oraciones, porque todos queremos que este virus desaparezca de la faz de la tierra y no cobre más víctimas.
La bendición especial
El sumo pontífice envió, preocupado por la presencia del coronavirus y sus repercusiones a nivel mundial la bendición «Urbi et Orbi”, en una ceremonia histórica, inédita, a las 18:00 horas en Roma.
Es de hacer notar que la bendición Urbi et Orbi, también conocida como bendición papal ,se da en dos ocasiones: 25 de diciembre como el inicio de la Navidad o nacimiento de Cristo, y durante el Domingo de Pascua de la Resurrección.Esta bendición se ha llevado a cabo desde el Imperio Romano y perdurado hasta nuestros días.
La oración es nuestra arma vencedora-dijo el Papa, visiblemente consternado. En actitud solemne, con su vestimenta alba y esa voz pausada que todos conocemos,oró:«Que el Señor todopoderoso y misericordioso os conceda la indulgencia, la absolución y la remisión de todos vuestros pecados, tiempo para una verdadera y provechosa penitencia, el corazón siempre contrito y la enmienda de vida, la Gracia y el consuelo del Espíritu Santo y la perseverancia final en las buenas obras».
«Y la bendición de Dios todopoderoso (Padre, Hijo y Espíritu Santo) descienda sobre vosotros y permanezca para siempre».
Todos: «Amén».
Nos podemos imaginar cuán silenciosos, quedaron las estancias revestidasde mármol,exquisitamente pulido,del Palacio del Vaticano, cuando el Papa Francisco, terminó su eucaristía y desapareció suavemente, a seguir rezando por la salvación de la humanidad.
A.E.L.L.C.C.-


