El Papa Francisco fue como ese abuelito bueno que siempre tiene un abrazo, una sonrisa o una caricia para los más pequeños. ¡Y cómo nos quiso! En sus audiencias, cuando los niños corrían, gritaban o se acercaban con curiosidad, él nunca se enojó. Al contrario, les hizo cariño, los bendijo y hasta se rió con sus ocurrencias, como si fueran sus propios nietos.
Pero su amor por los niños no fue solo de gestos dulces. Él alzó la voz para defenderlos, como un superhéroe de la justicia. Decía que todos los niños del mundo merecían estudiar, jugar y crecer felices, sin hambre, sin miedo y sin que nadie les haga daño. «¡Los niños son el futuro!», repetía, y siempre pidió a los gobiernos y a las familias que los protejan, especialmente a los que sufren más: los pobres, los que están enfermos o los que han tenido que huir de sus casas.
Y ahí donde hay un niño triste o con dolor, ¡el Papa Francisco siempre aparecerá! Para él, ningún niño fue invisible; todos merecían amor y una mano amiga.
¿No les parece que el mundo necesita más Papas Franciscos? Gente que, como él, no solo habló de amor, sino que lo repartió en abrazos y acciones. Porque, al final, los niños no necesitan discursos largos… ¡necesitan corazones grandes como el suyo!
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 2do año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
27-04-2025 (116)



