Por. Ramón Sosa Pérez…
No es casual que en el 2025 nos haya convocado el Municipio Libertador para evaluar el Concurso de Pesebres, en razón a la experiencia en más de 25 años por escenarios que nos enlazan a la temática como el que realizaba el Instituto Municipal de Cultura, Municipaio Rivas Dávila o el evento estadal que asistió el Gobernador de Mérida Jesús Rondón Nucete, en los años 90.
Aquellas prácticas, sumadas a procesos análogos en los últimos años, nos han permitido hoy ofrecer nuestra capacidad lograda en el tiempo con expertos y peritos en el área. El Alcalde Nelson Álvarez promovió la iniciativa y delegó su realización en un equipo de sobrada rutina y justificada sensibilidad, cuyos integrantes asumieron la tarea con alto nivel de compromiso y nos consta.
La orientación era clara: evaluar con independencia de criterio, combinando elementos de un mensaje que involucrara tradición, patrimonio familiar, reserva espiritual y creatividad, junto a la expresión andina de un legado que por generaciones ha sido el distintivo que nos enorgullece en lo sustantivo como merideños que viven hermanados en valores y principios intransferibles.
Recorrimos todas las parroquias con paciencia franciscana, incluyendo la subyugante ruralía en El Morro, a los efectos de conocer en detalle la motivación en la hechura de las maravillas del pesebre universal y cosmopolita, que Mérida reveló en calco de la usanza añeja que nos vino del Viejo Mundo. La experiencia, amén de grata, encarnó jornadas invaluables en aprendizaje.
Cuadros de costumbres andinas encumbrados por el ingenio festivo de nuestra gente, narraciones sorprendentes de la historia bíblica referidas en la más pura candidez de la señora que esmeró hacer su pesebre, conforme esa fe milenaria o la honda pasión del joven que se propuso formar el retablo tal le señalara su corazón agradecido por la abuela que ya no está.
La definición de cada pesebre, asentado al efecto en un repositorio audiovisual, involucraba al Jurado en un rigor que se nos hizo regla de oro; escuchar el relato espontáneo de la familia en la hechura antes de apuntar los indicadores de la evaluación. En ocasiones, el modo era inverso pero de manera invariable, igual íbamos apilando el saber ancestral de la religiosidad popular.
Hubo historias conmovedoras en el colosal periplo que cubrió todo el Municipio Libertador; el pago del promesante por la salud recibida en algún miembro del grupo familiar, la gratitud ante el apremio de quien creía haber perdido toda esperanza y el Niño Jesús salvó su irreversible caída o el ofrecimiento de la madre que espera con fe infinita el retorno del hijo ausente.
El año de la Canonización del Dr. José Gregorio Hernández no fue camino vano en el imaginario de nuestro pesebre. Ahora, con todas las de la ley, como escuchamos en labios maternos y sabios: “nuestro santo está donde siempre ha debido estar”. Subrayo sí, que la presencia de San José Gregorio era invariable, con el agregado de algún mérito atribuido a Su Benigna Mano.
En la marcha por la ciudad hallamos pesebres de variado modo: monumentales, vivamente espirituales, de ingenuidad pasmosa en explicación, abundosos en frutos de la cosecha próvida, cargados de tareas de la cotidianidad pastoril que los hizo ataviados en la nostalgia o calcados en el retrato bíblico del pueblo e inspirados en la sugestiva vanguardia que sorprende.
Entrar a cada casa era ocasión de compartir otra dimensión cultural en tanto el valle del chamo guarda en su espacio un sosiego de mayor familiaridad, al igual que El Morro o La Parroquia, pueblo grande de añejas casas y olor a tradición mientras que la urbe alberga una condición diferente que hasta el bullicio dista de la naturalidad llana que pervive en su periferia.
No pasó inadvertida la ocasión de visitar el pesebre de un niño de originales prendas espirituales. A sus 12 años de edad es promesero de innegable devoción mariana que cuestiona con su modo de ser lo que afecta al discordante entorno donde vive. Chico de 6 años sorprendió a los suyos por la piedad al niño Jesús y el año pasado erigió el nacimiento frente a su hogar.
Algunos vecinos de fatigoso vivir se lo hacía añicos cada noche y justo al alba, lo rehacía con serenidad trapense, sin claudicar. La caridad de otros le ayudó con la Paradura del Niño, reparando los excesos de los que jamás se quejó. Este pequeño gigante de la fe nos recuerda a San Carlos Acutis al alcanzar la admiración popular en Campo de Oro, sirviendo a su gente con loable entrega.
Pudiéramos decir más pero el tiempo es breve. Apenas nos resta añadir el Reconocimiento al Instituto Municipal de Cultura, desde su extraordinario equipo con el que compartimos la experiencia y al Alcalde la Ciudad, Nelson Álvarez, por la confianza y decisión de promover la esencia de la tradición del Pesebre Andino, con su portentosa carga de historias para ser contadas.
Acercarnos a estos pesebres es describir un espacio humano que se agita desde sus crónicas sencillas glorificando el alma, encumbrando el gentilicio y avivando la identidad y el sentido de pertenencia hacia una ciudad humana. El pesebre es expresión de la simplicidad que simboliza el mensaje del Niño Dios: uno más entre todos, sin más atavío que su poder de unidad universal.
04-01-2026



