Con este título quiero destacar la longitud del conocimiento obtenido por cada estudiante en el luminoso trayecto de su proceso formativo —incuantificable en el laboratorio—; y cómo, en lugar de sufrir una disminución, resalta el porcentaje de la solidaridad grabado en sus mentes y corazones. Como la solidaridad no tiene una nomenclatura estándar, ese conocimiento, transformado en radiación de rescate, consuelo y restauración, concentra la fuerza de voluntad necesaria para que, en la práctica, todo lo bueno dicho, hecho y donado llegue y quede en las manos de quienes justa y realmente lo necesitan.
La tibieza de esta acción, solidaridad, como puede experimentarse en un salón de clase de escuela o universidad, o taller, puede variar de intensidad, porque esta no está apagada, sino actuando, aunque pausadamente, en una sensibilidad que es humana y cuya naturaleza y complejidad es asistida silenciosa y diligentemente por el Pedagogo Divino.
¿Cómo actúa la educación ante las consecuencias del terremoto ocurrido en el corazón de Venezuela?
Ha actuado con exactitud y justicia, no exclusivamente en la elaboración o manejo de instrumentos para medir P o P0, sino además entendiendo que, simultáneamente, ese aprendizaje técnico sería un optimismo vacío si evadieran su responsabilidad científica al momento de reducir la sensación de catástrofe. A ellos corresponde ofrecer pautas científicas, psicosociales y espirituales correctas, elevando así una radiación de alta intensidad en amor y confianza según la cual la esperanza no se restringe. En estos momentos, lo menos probable es que interfieran las distinciones ideológicas, de supremacía o de idilios de superpotencia con fuertes dosis de dañina autosuficiencia; más bien, tal como se observa, hay un incremento de medidas de estabilidad anímica por parte de hombres y mujeres que saben rescatar, sanar, abrazar y aliviar el duelo. Han aprendido —desde la escuela, institutos técnicos, universidades, talleres, parroquias, organismos, medios de comunicación, equipos de protección civil y rescate, y militares— a controlar con cuidado y fortaleza sus emociones e incitaciones, para determinar sin engaños y con cautela la frágil interferencia entre ellos y los lastimados psíquica y orgánicamente.
En este sentido, el Pedagogo Divino de la humanidad, Cristo, no necesita lentes para aplicar —a través de unos, otros y nosotros—, la esencia de estas palabras suyas:
“Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa” (Mt 10, 42).
02-07-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



