(Mateo 10, 37-42)

Este pasaje de Mateo lo comprendemos con acierto acudiendo a la conclusión del discurso del pan de vida localizado en el evangelio de San Juan.

En ella está esta frase: “El Espíritu es quien da vida, la carne de nada sirve”. El versículo de Mateo, título de esta reflexión, y este del texto de Juan, nos piden clarificar cómo desenvolvemos en nuestra cotidianidad el seguimiento de Jesús; nos piden una decisión libre pero explícita: fe o inseguridad; seguimiento o abandono.

Desde luego, esto nos centra en la autoridad de Jesús. Sus palabras y enseñanzas no solo impresionan; son indispensables para la aceptación y así para la esperanza y la salvación de todos.

Preferirlo a Él, antes que al padre o a la madre, al hijo o a la hija, es entender, creer y vivir, en el seno de la Iglesia, la familia, nuestra nación, que su autoridad es absolutamente divina; por eso escuchemos a la Iglesia en donde Dios dona su palabra, para que la siga encarnando y con fidelidad, fuerza, energía y gozo, la transmita.

En la 1ª lectura (2 Re 4, 8-11.14-16) leemos la descripción de la hospitalidad de la mujer distinguida de Sunem: invita al profeta Eliseo a comer en su casa. Ella subraya del profeta, “es un hombre de Dios”, y junto con su esposo le construye “en los altos una habitación”, donde le ubicarán una cama, una mesa, una silla, una lámpara, y agrega, para que ahí pernocte “cuando venga a visitarnos”.

Antes aludí a la Iglesia, y ella, de modo semejante a esta mujer, en estos momentos tan cruciales para nuestra patria Venezuela, está pensando y haciendo por los más vulnerables, por los que ejercen voluntariado, al igual que otras instituciones, y muchísimas personas a nivel nacional e internacional, un acompañamiento con el cual demuestra en concreto que no pasa de largo frente a quienes ve, niños, adolescentes, jóvenes, adultos mayores, como hombres y mujeres de Dios.

Por lo tanto, ella junto a tantos corazones solidarios de Venezuela y el mundo, eleva esta potente frase del Salmo 102: “Como se levanta el cielo sobre la tierra se levanta su bondad [la de Dios] sobre sus fieles”.

Sustentados en Dios siempre bondadoso, misericordioso, preguntamos al igual que Eliseo a su siervo, la Iglesia, la Diócesis, la parroquia, la familia, las instituciones públicas y privadas, “¿qué podemos hacer por esta mujer?”; mantener con autoridad en palabras y obras la fe verdadera, la esperanza verdadera y la caridad auténtica.

Al respecto, el Salmo 88, recitado en la Misa de este XIII domingo del tiempo ordinario, resalta esta estrofa:

“Señor, feliz el pueblo que te alaba y que a tu luz camina, que en tu nombre se alegra a todas horas y al que llena de orgullo tu justicia”, y Jesús afirma, “el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.

Pero en estos momentos esa invitación a cargar la cruz y hacerlo con alegría y justicia, nos solicita volver la mirada de la mente y el espíritu a estas otras palabras, “aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para sus vidas”, “vengan a mi todos los que están cansados y fatigados y yo los aliviaré”, pues la fe verdadera, la esperanza verdadera y la caridad auténtica asimismo nos piden ser “pobres de espíritu”, para que, desprendidos y vacíos del egoísmo, incluso intelectual o de cualquier otra índole, socorramos sanadora y esperanzadamente a los pequeños, humildes y sencillos; al mismo tiempo, venzamos la tentación de la autosuficiencia “incompatible con la comprensión y la aceptación de los valores del Evangelio”.

Venezuela siempre está en manos de Dios; de este modo, nosotros venezolanos rememoramos en estos momentos no solo estas fechas 1812, 1894, 1967, 1999, sino también la de 1652, fecha de la aparición de Nuestra Señora de Coromoto, y la de 1899, año de la consagración de la República al Santísimo Sacramento. Su presencia, aunque muchas veces cuestionada, ha sido, es y será un “andar en verdad” (Santa Teresa de Jesús), porque en estas situaciones en donde interpelamos, meditamos, hacemos buenas obras que nos subrayan el “tiempo propicio”, para “reconocer nuestros valores sin negarlos”; y, en consecuencia, “andar en verdad” es aceptar que “somos criaturas de Dios, completamente dependientes de El, y poner nuestras vidas en sus manos con toda confianza”, un acto de certeza absoluta que encarna perfectamente el centro de este misterio: “El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará”.

28-06-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com