Vivimos en un país marcado por profundas paradojas. Contemplamos una realidad donde la atención de la mayoría parece atrapada en los remolinos de la política, en los discursos que se transmiten por televisión cargados de falacias, o en la mirada puesta sobre los yacimientos de petróleo y los recursos que le pertenecen a todos los venezolanos. Nos hemos ido acostumbrando a un escenario donde la ilegitimidad se disfraza de autoridad y donde las leyes, en lugar de proteger al ciudadano, se manipulan a conveniencia para crear más caos. Pareciera, dolorosamente, que lo justo debe volverse injusto para poder abrirse paso por los pasillos del palacio de «injusticia», mientras que aquellos que obran en el bien se ven limitados frente a la elocuencia de las mentiras de quienes han convertido la política en un outfit diario, mudando de postura según la conveniencia de la jornada.
 
En medio de ese panorama, el regreso a clases se presenta con una rigidez casi mecánica. Se exige el inicio del año escolar con puntualidad matemática, como si las fechas pudieran borrar la dura realidad de las estructuras deterioradas, la falta de servicios o la urgencia de una formación verdaderamente profunda. Y en el centro de esta omisión están los maestros o profesores; hombres y mujeres que dedican su vida entera a la enseñanza, pero cuyos salarios y condiciones de vida siguen siendo postergados por un sistema que privilegia lo coyuntural sobre lo humano.
 
Sin embargo, el maestro, aun en medio de su propia angustia y de la desesperanza que rodea al país, está llamado a mirar más allá de la carencia. Cuando se conecta con su vocación, reconoce que cada niño y cada niña sentados en esos pupitres no son un número más, sino la «semilla viviente de la patria». De la luz que el educador encienda en sus mentes depende que Venezuela pueda levantarse sobre bases firmes, libre de mentiras, de corrupción y de malas ideologías que intentan confundir el verdadero propósito de una generación. Recordando una frase de José Ortega y Gasset, la tarea fundamental de la enseñanza es preparar el espíritu para la búsqueda libre de la verdad «Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñes». La educación verdadera no adoctrina; enseña a pensar, enseña a discernir ya no para adaptarnos a una «vida ya hecha», sino para edificar una vida creadora y renovada. Un pueblo sin educación es un pueblo condenado a la ruina política, económica, social y espiritual; por eso, lo que se cultiva dentro de ese «cascarón» (Llamado cerebro), en el pensamiento y en el juicio crítico de cada estudiante, es la única herramienta capaz de rescatar al individuo y de devolverle la dignidad a la sociedad.
 
Mientras la cúpula del poder se distrae disputando lo efímero —aquello que es pasajero, frágil e incapaz de trascender—, la historia nos recuerda el peso de nuestras tragedias. No nos detengamos en la figura de quien hoy ocupa la presidencia, una «persona» llena de odio y de rencor que lo único que busca es vengarse de todos los venezolanos, o en aquel a quien popularmente se le calificaba de torpe o burro —aunque de torpe nada más, ya que en honor a la verdad los burros son animales nobles e inteligentes—. Más bien estamos ante la ejecución calculada de un modelo adiestrado, entrenado (Cuba) desde fuera para sostener el caos. Ni hace falta profundizar en la memoria de aquel antecesor, ya difunto, que sentó las bases de este socialismo devastador —válgame reconocer que todo socialismo es devastador—. Ese modelo no solo afectó los bienes materiales, sino que intentó desintegrar lo más valioso de una nación; su patrimonio humano, su riqueza espiritual, su fe, su ética, su moral y ese nivel educativo que en otros tiempos hizo de Venezuela un referente. Las riquezas naturales permanecen en el suelo, pero la verdadera grandeza del país siempre residió en la fortaleza de sus valores y de la formación.
 
Por eso, el regreso a clases también exige un llamado urgente de atención a los padres y representantes. Muchos han tenido que migrar dejando a sus hijos al cuidado de abuelos abnegados, pero no pocos caen en el error de desligarse y pretender que la escuela, el colegio y los profesores asuman la tarea que le corresponde al hogar. En las aulas se enseñan las letras, las matemáticas, la historia y el pensamiento crítico, pero es en la familia donde se siembran los valores fundamentales, se enseña a amar, a respetar y a sostener la verdad sin contemplar la mentira. Miremos con atención lo que está ocurriendo a nuestro alrededor; los niños todo lo ven y todo lo absorben. ¿Qué ejemplo les estamos dando cuando contemplan la corrupción cotidiana, cuando observan a quienes se venden dentro de la sociedad o en el ámbito religioso simplemente por un par de dólares o por congraciarse con el poder? ¿Qué diferencia sustancial existe entre quien vende sus principios y su fe por acomodarse al régimen, y aquellos regímenes que, como en Nicaragua, persiguen, encarcelan y torturan a los hombres de fe y de conciencia por no someterse a la tiranía? La bancarrota moral de un país comienza cuando el acomodo o la violencia se vuelven normales.
 
La verdadera reconstrucción de Venezuela no se gestará en los despachos de la mentira ni en la propaganda gubernamental. Se está cultivando en la alianza sincera entre el hogar y el aula. En cada lección dada con rectitud por un maestro y en cada valor inculcado con amor por una familia, no solo se educa a un niño, se forman conciencias libres y rectas, capaces de sanar las heridas del pasado, borrar la huella de la destrucción y edificar un mañana próspero, justo y libre para todos. Para renovar una nación no basta con cambiar estructuras o discursos; hace falta volver a orientar el alma de las nuevas generaciones hacia la verdad y la justicia. Recordando las palabras de Platón «Si educamos a los niños correctamente, no habrá necesidad de reparar a los adultos». Que este regreso a clases sea, en cada hogar y en cada aula, el inicio de esa transformación definitiva para Venezuela.
 
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila 
León – España 
1709-2026