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domingo, noviembre 8, 2026

El reino de Dios se le dará a un pueblo que produzca sus frutos

(Mateo 21, 33-43)

Salgamos del Reino de Dios —hagámoslo realmente— para mirar a nuestro alrededor, para escuchar, para comprobar que desde él somos enviados a la conquista de la libertad y de la justicia; somos enviados a vivir de otra manera: como cristianos por encima de cualquier sectarismo.

Los que patrocinan esta trastornada pretensión procuran dominar y someter al otro al servicio de intereses estrechos; desde luego, contemplemos la realidad de nuestra sociedad sin espejismos que la distorsionen —los del norte o los del sur— y que nuestra reconstrucción creativa halle rasgos tan específicamente cristianos, por los cuales comprendamos que el Evangelio no admite ser leído bajo la lente de una óptica localista, tecnocratizada o de alguna oligarquía financiera. En esto Jesucristo, Señor nuestro, es claro al decir a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, así como al decirnos aquí y ahora: «Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».

Estamos trabajando en la viña, no de alguien a quien solo conocemos vagamente, sino de Aquel que no quiere ser tan poco amado: Dios. Él estima la audacia y el valor que demostramos cuando, en ocasiones y ante situaciones adversas, perdemos la brújula de su Reino; porque con Él la fidelidad no es como la que se rinde a un político, sino la que se ofrece a aquel propietario —repasemos el texto sagrado de este XXVII domingo del tiempo ordinario— cuya palabra y lenguaje no necesitan ser actualizados para ser escuchados y practicados en estos tiempos modernos. En efecto, el profeta Isaías (primera lectura: Is 5, 1-7) plantea esta pregunta retórica del amado, del dueño de la viña: «¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera?».

Es una pregunta que, al leerla en sintonía con la perícopa del evangelio de Mateo (Mt 21, 33-43), nos exige salir de una práctica religiosa anestesiante, lenitiva y carente de ideales: una práctica que, al avanzar por ese camino receloso, termina convertida en un interés estrecho más al servicio del poder temporal de turno. De estas expresiones emana una impresión a partir de la cual cabe formular este interrogante: ¿Está usted desanimado? Sí, y no obstante, afirmo que Cristo no es un sucesor de paso sujeto al capricho del corazón o de la razón; la paz de Dios —indica Pablo en la segunda lectura (Flp 4, 6-9)— sobrepasa toda inteligencia, custodia los corazones y los pensamientos, y todo ello lo realiza en Cristo Jesús. Ante el Altísimo, el que obra maravillas por la humanidad, asombrémonos de su paciencia misericordiosa y apreciemos: «Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo lo respetarán’».

04-10-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com

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