El Reino de los cielos es semejante a aquellas diez jóvenes

(Mateo 25, 1-13)

El capítulo 25 del evangelio de Mateo contiene el discurso escatológico, el cual, anticipado con la enseñanza en el capítulo 24 sobre la vigilancia debido a la incertidumbre «del día y la hora», amplía esta en aquel refiriendo tres parábolas principales: las Diez Vírgenes, con la que Jesús destaca la atención y la preparación del corazón; los Talentos, con la que recalca la responsabilidad en el uso de los bienes; y el Juicio de las Naciones, cuya dimensión sustancial radica en el criterio concluyente del amor al prójimo.

Del Reino de los cielos, tal cual lo comprendemos por el Evangelio, no hemos de decir que es una región determinada en el mundo que se extiende de una zona geográfica a otra, que a lo largo de los siglos ha recibido diferentes nombres y que, por eso, ha estado limitada por distintas fronteras.

Quiero expresar: el Reino de los cielos no tiene límites ni naturales ni convencionales; el Maestro de Nazaret, clara y humanamente, subraya «es semejante a aquellas diez jóvenes». O sea, incoherente sería admitir que se extiende desde una población hasta otra, pues Él no soberanea en una amplitud o pequeñez material; también sería contradictorio reconocerlo como una hegemonización política, social o económica; tampoco a Él nos llama Jesús como si tratase «a un particular cualquiera», en efecto, resaltó «diez jóvenes».

Del Reino de los cielos no ascendemos como héroes —de hecho, todas las jóvenes tenían su lámpara para alumbrarse y alumbrar el camino—, porque a la sabiduría (rotula la primera lectura, Sb 6, 12-16), «la contemplan quienes la aman». Por ende, no basta con ser una de las diez jóvenes, con tener las lámparas, sino asimismo suficiente aceite, porque como es suficiente y las buenas obras no tienen una medida estandarizada, «de ti sedienta está mi alma» (Salmo 63).

Jesús no tiene vasallos para que pensemos que así Él tiene conciencia de su propio poder; tiene diez jovencitas con sus lámparas a las que no les hace observar rigurosamente complicadas prescripciones; pero, como el esposo tarda en llegar, todas se durmieron. Al despertar, unas tenían el aceite imprescindible para sus lámparas y las otras no. Entonces, con esto no asegura que ante la petición de las segundas y la respuesta de las primeras —«No, porque no va a alcanzar para ustedes y para nosotras. Vayan mejor a donde lo venden y cómprenlo»—, de ningún modo es un gesto de egoísmo, sino aquel por el cual aclara que la autenticidad de la fe cristiana no se improvisa, pues, «de lo mejor se saciará mi alma» (Salmo 63).

Hoy en día en Venezuela, en el marco del Abrazo en Familia 2026 bajo el lema «La alegría del amor que sana y reconstruye», intensifiquemos la fe y la esperanza dentro de nuestros hogares. No improvisemos la verdadera unión familiar; cultivemos cada día la paciencia, el perdón y la cercanía para que, en medio de cualquier prueba o distancia, el amor actúe como un bálsamo que reconstruye los lazos del alma y convierte a cada hogar en un auténtico reflejo del Reino de los cielos.

08-11-2026

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com