(Mateo 22, 1-14)
El anhelo por captar la verdad del Reino de los cielos supera cualquier otro anhelo. Por eso, el Señor del universo preparará «un banquete de vinos exquisitos y manjares sustanciosos» (primera lectura: Is 25, 6-10).
Esperamos la continuidad del progreso de esta motivación: nuestros esfuerzos por aceptar y asistir al banquete de bodas dirigido por el Padre —los desposorios de su Hijo Jesucristo con la Iglesia— no siguen el itinerario de un éxito reducido, porque, como le reconoce Pablo a la comunidad de los filipenses: «Han hecho ustedes bien en socorrerme cuando me vi en dificultades» (segunda lectura: Flp 4, 12-14.19-20).
¿Quién o quiénes nos han socorrido cuando nos hemos encontrado en dificultades para aceptar y participar de modo humano, justo y cristiano en tal banquete? Han sido aquellos que, muchas veces trabajando en silencio, con palabras y acciones oportunas, conscientes de las imperfecciones de nuestra naturaleza humana, no nos detienen en una resignación melancólica, sino que nos conducen a la alegría esperanzadora del rey que prepara un banquete de bodas para su hijo. Pues él, después de que los primeros comensales desestimaran su invitación, no interrumpe el ardor de su regocijo y subraya: «Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren».
¿Seremos uno de estos invitados o de los primeros? La respuesta que demos a esta pregunta no ha de consistir, primeramente, en una valoración de las cualidades materiales o sociales propias o ajenas (no les restemos su importancia, por supuesto), sino en considerar la libertad con la que contamos al momento de intensificar de modo notable nuestro ascenso humano, creatural y empeñado hacia el Reino de los cielos. Por consiguiente, evitemos un descenso antinatural, apoyado en el egoísmo y en una competencia déspota y excluyente, que disimulamos opinando o hablando en exceso, pero trabajando muy poco pastoralmente en la viña.
Sin embargo, «el Señor es mi pastor; nada me falta» (salmo 22), porque no nos basta solo el conocimiento de la verdad, sino que, además, debemos renovarlo incesantemente y comprender las «manos serviciales» que trabajan continuamente en el servicio a Dios y a los hermanos. He aquí el interés vital más importante por el que somos invitados a compartir la alegría del banquete de bodas entre Cristo y la Iglesia, ya que «el Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo».
11-10-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com


