Hoy, en el día de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars y patrono de los párrocos, es apropiado comenzar nuestra reflexión sobre el sacerdocio, con su vida. Su ejemplo nos ofrece la esencia incomparable de la vocación del clero diocesano; una entrega total, llena de sacrificios silenciosos en la parroquia que le fue encomendada. Su santidad no se basó en el intelecto o el protagonismo, sino en una caridad desbordante, que lo llevó a pasar hasta 20 horas diarias en el confesionario, atrayendo a miles de peregrinos en busca de consuelo y paz.
El modelo del Santo Cura de Ars es la representación del sacerdote diocesano que vive y muere por su rebaño. Nos enseña que la santidad en el ministerio parroquial no se basa en el éxito de los proyectos, sino en la humildad, la oración y el servicio de los fieles. Él nos recuerda que el corazón del sacerdocio se encuentra en la Eucaristía, en el confesionario y en la atención personal a cada alma, la vida diocesana, es un modelo de pastor que desde el negro de su sotana, renuncia al mundo, siendo formado para trabajar con el.
Esta figura de santidad se complementa con la de los sacerdotes religiosos, cuya vocación, aunque comparte el mismo sacramento del orden, tiene diferencias fundamentales. El sacerdote diocesano, también conocido como clero secular, se incardina a una diócesis específica. La palabra «secular» proviene del latín saeculum, que significa «siglo» o «mundo», haciendo referencia a que estos sacerdotes viven y trabajan «en el mundo», en medio de la gente. Su obediencia es al obispo y su misión es la de estar con su comunidad.
El sacerdote religioso, en cambio, no pertenece a una diócesis, sino a una orden o congregación. Su compromiso más profundo es con la regla de vida de su instituto y con su superior religioso. La misión que se le encomienda no está necesariamente ligada a una sola parroquia, sino al carisma de su orden. Su lugar de servicio puede cambiar con frecuencia, ya que su obediencia a la orden lo hace disponible para ir donde se le necesite para cumplir la misión de su congregación.
A pesar de esta diferencia estructural, la vida espiritual del clero diocesano se enriquece con el legado de grandes figuras de la Iglesia. Un modelo de santidad muy influyente es, San Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía de Jesús. Aunque él estableció una orden religiosa, su aporte más significativo para los sacerdotes diocesanos son los Ejercicios Espirituales, un método de oración y discernimiento que sirve a los sacerdotes para profundizar su relación con Cristo y orientar su ministerio. La Compañía de Jesús con la creación de seminarios formaron a generaciones de clero diocesanos dónde, con su énfasis en una vida interior profunda y un sólido conocimiento teológico, prepararon a los sacerdotes para enfrentar los desafíos de su tiempo con las herramientas intelectuales y espirituales necesarias; como lo dice el Cardenal Porras: «Sacerdotes con las Sotanas bien puestas.»
La vida del sacerdote diocesano se enriquece al beber de la caridad pastoral desbordante de San Juan María Vianney, la disciplina espiritual y el discernimiento de San Ignacio de Loyola, y la formación y la virtud de San Juan de Ávila. Cada uno de estos modelos ofrece una faceta esencial para la vida de un sacerdote entregado en su ministerio. En la actualidad, el sacerdote diocesano enfrenta retos que han surgido y evolucionado con el tiempo en el mundo. Recuerdo mucho, en los Pueblos del Sur de Mérida, cómo los feligreses identificaban al sacerdote como un cura, no porque fuera «Cura de Almas», sino porque también era el médico del pueblo. El sacerdote debe saber y responder a todo; no es por inventar, ni por presumir, sino porque los años de experiencia le llevan a ser hombres sabios y humildes.
En este tiempo de abundante información, el sacerdote líder debe ser un hombre que forme y se forme junto al pueblo. Siempre he destacado que conocer los problemas de un pueblo y las personas de la parroquia en el confesionario es fundamental. El confesionario es el corazón de la misericordia, el lugar más importante para el perdón y el encuentro del hombre con Dios. («Uno conoce a la gente del pueblo en el confesionario»). Por eso, estos tres pilares de santidad resaltan la importancia de una formación continua para ser un buen pastor. La santidad en el sacerdocio diocesano se nutre de un rico legado espiritual que, aunque no está sujeto a una única regla como en el caso de los religiosos, se enriquece con las enseñanzas de grandes figuras. El ejemplo de los Santos Sacerdotes inspiran una vida de entrega, formación y oración, elementos clave para un ministerio fructífero en el mundo de hoy, donde encontramos tantos desafíos.
Pbro. Danny Xavier Peña Dávila
04-08-2025




