Adonai roˊi
El Señor es mi pastor
(Salmo 22)

Comienzo la reflexión con esta frase, “el Señor es mi pastor”, en hebreo Adonai roˊi, del texto lírico quizá más estimado de la tradición judeocristiana; es decir, el Salmo 22.
Roˊi en hebreo equivale a un “participio”, y significa no solo cuidar, sino además “alimentar” y “compañerismo”. Entonces, el Adonai roˊi, de un lado, se muestra como un compañero de amistad continua, y, de otro lado, con su amigable pastoreo “nada nos falta”, porque no deja que carezcamos de lo esencial para ser.

Sin duda, “el Señor es mi pastor”, porque Él no es un concepto sobre el cual opinamos, sino un Tú con el cual coexistimos y fundamos alianza imperecedera.

Indudablemente, el Adonai roˊi, o sea, Nuestro Cristo, pide apoyar nuestra seguridad en Él, pues, en el evangelio de este IV domingo de pascua no dice “yo soy como una puerta”, sino “Yo soy la puerta”.

A Él escuchamos, ya que, en el testimonio del mismo texto sagrado, akuo en griego, escuchar en español, no únicamente involucra una auscultación física, sino, y con mayor relevancia, obediencia, discernimiento y adhesión vital. Por ende, recalco: Adonai roˊi, “el Señor es mi pastor”.

Jesús enfatiza, “Yo soy la puerta”, y al definirse así sustenta para la Iglesia, y en ella para nosotros, el dogma de Él como único salvador, puesto que es la puerta y, en consecuencia, el acceso al Padre y a la verdadera vida.

Ahora bien, entre Dios y nosotros —las ovejas— hay una relación muy íntima y personal, por eso en el evangelio Jesús expresa, “llama a sus ovejas por su nombre”, aludiendo a una de las acciones principales del Buen Pastor, es decir, de Él mismo.

Nosotros las ovejas del aulē, del redil de Cristo, hemos de preocuparnos y ocuparnos aún más de la distinción entre el pastor y el ladrón.

¿Cómo? Por la voz.
En ella resuena la verdad de Cristo; a ella escuchamos con la estructura profunda de nuestro ser humano; el extraño, el asalariado, siempre en busca de descollar sus intereses con no pocas artimañas, lo reconocemos así porque intenta, en reiteradas ocasiones, imponernos una realidad ajena o alienante.

La Iglesia es nuestro “espacio seguro”, nuestro redil.
Esta edificación, por ejemplo, tenía muros de piedra; por lo tanto, con esta imagen ya comprendemos que necesitamos límites claros (muros), y un punto de acceso confiable (puerta), para que gestionemos con moderación y paciencia la ansiedad ante las amenazas externas; esto es, la ocasionada por los lobos, por los ladrones.

Algunos expertos indican que las ovejas aprendían a reconocer la voz de su pastor desde pequeñas. Generalmente, en un redil guarecían varios pastores su rebaño, y, de este modo, se mezclaban. No obstante, al silbido o a la voz del pastor cada rebaño lo seguía.
Esta sucinta acotación traslada de nuevo al Salmo 22, porque en él encontramos la frase, “el Señor es mi pastor”, Adonai roˊi, y en el capítulo 10 del evangelio de Juan Jesús se identifica como el “Buen Pastor”.

En efecto, el Salmo 22 en la voz de Cristo deja de ser una oración abstracta, pues en y con él Cristo confía en su Padre, en y con la voz de la Iglesia, ella y nosotros nos confiamos a Cristo.

26-04-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1876@gmail.com