La Sierra Nevada y la de La Culata amanecieron coronadas con un blanco manto de nieve que, por las particulares temperaturas de ese julio, seguramente duraría un par de días, para beneplácito de los habitantes de la ciudad de Mérida.
Ese domingo era ideal para visitar la población de El Valle, no solo por la proximidad a la urbe andina, sino también por la amplia muestra de gastronomía local basada en productos orgánicos y por la posibilidad de conocer algunos huertos caseros de la mano de labriegos orgullosos de sus iniciativas a favor de la Madre Tierra.
El pavimento mostraba señales de la fuerte lluvia nocturna; sin embargo, permitía un desplazamiento seguro hasta El Valle. A medida que se avanzaba por el sinuoso camino, se sentía el esplendor de la naturaleza en el canto de las aves y en el susurrar de ríos que nacen en los territorios donde el páramo andino y la selva nublada marcan sus fronteras.
Apenas habían transcurrido diez minutos de trayecto cuando, en medio de unos geranios, apareció un aviso de madera que invitaba a degustar pastelitos andinos y comida casera. Era la fonda de Chepita.
Las mesas estaban decoradas con orquídeas del jardín familiar y manteles tejidos a mano, y sobre ellas había poemas escritos por los nietos de Chepita que invitaban a reflexionar sobre las bondades de esos parajes andinos y sobre la necesidad de detener el ajetreado ritmo de nuestras vidas para agradecer las vivencias que surgen y que, en ocasiones, se «visten» de tropiezos; tropiezos que, a fin de cuentas, hay que asumir como enseñanzas.
Fue Chepita quien llevó hasta la mesa la humeante pizca andina, el queso ahumado y los pastelitos de queso y trucha. Los comensales se frotaron las manos mientras agradecían poder disfrutar de unas recetas heredadas tras el paso de cuatro generaciones.
El viaje prosiguió entre potreros que surgían a ambos lados del camino y viviendas antañonas que dejaban ver en sus tejados el paso del tiempo. El contraste de los huertos con los árboles centenarios, cuyas copas resplandecían con el amarillo intenso de sus flores, resultaba muy difícil de describir, pero fácil de contemplar.
En la entrada del sector El Arado destacaba una vivienda con techo muy bajo que, a través de sus ventanales azules, permitía entrever una curiosa biblioteca y algo que parecía una vieja pizarra descolorida por el tiempo. La parada era obligada, pues un aviso rezaba: «Venta de hortalizas orgánicas y dulces caseros».
El señor Venancio salió al encuentro de los viajeros y, con orgullo, mostró la biblioteca que había servido a su padre para instruir a los niños que no tenían los medios económicos para cursar estudios en la ciudad de Mérida. Estos espacios fueron testigos de dibujos infantiles muy creativos, de los primeros trazos de escritura y de la lectura de líneas que invitaban a «soñar» con los relatos de Julio Verne, de Rómulo Gallegos y los poemas de Andrés Eloy Blanco.
Uno de los estantes estaba repleto de periódicos amarillentos que describían, entre otras noticias, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, el naufragio del Titanic, el primer ascenso al Chomolungma por parte de Edmund Hillary y del sherpa nepalí Tenzing Norgay, y la llegada del hombre a la Luna.
Historias y vivencias en una sencilla casa andina; sueños infantiles y juveniles que forjaron hombres y mujeres de bien. A Venancio se le humedecieron los ojos al recordar cómo su padre le enseñó las primeras fórmulas matemáticas, que hoy le sirven para calcular la producción estimada de sus huertos orgánicos y que fueron la base para forjarse una carrera universitaria en ingeniería.
A medida que recorrían las siembras de lechuga, acelga, brócoli y habas de Venancio y su familia, él enfatizó la trascendencia de consumir alimentos libres de químicos sintéticos. Entonces surgió una pregunta del más pequeño del grupo:
—Señor Venancio, ¿eso lo aprendió en la universidad?
Inmediatamente, respondió:
—No, lo aprendí en un artículo científico publicado por National Geographic en 1942.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
3 de noviembre del 2026


