El sueño de Alborada o la pastillita de jabón Palmolive

“Alborada Almanza despertó suavemente con la sensación de que algo extraordinario iba a ocurrirle ese día. Apenas abrió los ojos, recibió la punzada de la premonición y trató de encontrar la causa de aquel alborozo que la embargaba después de otra mala noche, plagada como siempre de pesadillas calientes y en colores que ya ni se preocupaba por recordar… “Aunque se trataba del mejor sueño de su vida, todo seguía pareciendo tan real que Alborada prefirió no correr el riesgo de mirar su cuerpo devastado por la vida y el hambre de los últimos años, y caminó hacia la ducha con la cabeza en alto, dispuesta a bañarse con un jabón Palmolive, a cepillarse los dientes postizos con pasta Gravy y a perfumarse con la loción de Avon que había visto por última vez como regalo de su 48º cumpleaños, allá por 1962… Así comienza uno de los cuentos más entrañables, mágicos y dulces que haya sido escrito.

El autor, Leonardo Padura, nacido en la Habana, Cuba, ganador de premios, hombre vital y sabio, conocedor de las alegrías, tristezas, necesidades del entorno que lo vio nacer, nos relata la historia de cómo Alborada Almanza que encontró una muerte feliz. Y nos dice:” Mientras el agua la purificaba, Alborada se sintió acompañada. Era una sensación remota, como todas las que estaba recuperando esa mañana, pues desde la muerte de Tobías, 22 años atrás, nadie había compartido el baño con ella. «Qué bueno es no estar sola», dijo en voz alta, pues la sensación de compañía era tan palpable como cada uno de los pequeños placeres rescatados del olvido, como la agilidad que volvía a sus músculos fláccidos, como los deseos de no despertar jamás y vivir eternamente en aquel mundo donde los pasteles de guayaba, la leche condensada, el jabón Palmolive y, sobre todo, el café -café puro-sin mezclas horripilantes- resultaban tan posibles como lo era su ausencia en el otro mundo donde había vivido en los últimos años. Allá, en la amarga realidad de su vida real, más de una noche se acostó con hambre y, mientras miraba el cielo estrellado por las rendijas del techo, tímidamente le había pedido a Dios y a san Rafael Arcángel que le concedieran una muerte rápida e indolora que la librara de las pesadillas, del calor y del estreñimiento que le provocaban los cocimientos matinales cargados de azúcar. -Por eso estoy aquí -dijo la presencia, y Alborada tuvo la intención de cubrirse, pero algo la detuvo-. Me alegra que huelas bien… – ¿Eres tú? -preguntó la anciana. – ¿Quién si no? Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están al servicio del Señor. Tú querías que viniera y el Señor me permitió complacerte… – ¿Entonces…? -Sí, Alborada, estás muerta y vengo a buscarte. Perfúmate bien, que nos vamos al cielo… Entonces comprendió que lo mejor era obedecer, como siempre hizo: total, el infierno ya lo conocía y quizá en el cielo hasta hubiera los pasteles de guayaba y el café que tanto extrañaba cuando estaba viva y miraba con tristeza la despensa mustia de su cocina. – ¿Puedo hacer algo más antes de irnos? -Depende, Alborada -musitó el arcángel. -Es muy fácil: quiero ver el mar, acariciar un perro y quiero oír un danzón. El mulato celestial volvió a sonreír y Alborada advirtió un rubor en sus mejillas. -Concedido -dijo-. Con la condición de que me dejes bailar el danzón contigo.

El cuento es más largo, con muchos más detalles y los invito, a leerlo completo, al igual que las otras historias contenidas en el libro “Aquello estaba desando ocurrir”, Colección Andanzas de TusQuets.

La pastillita de jabón

En este momento, en Venezuela-al igual que Alborada- ansiamos poder comprar, aunque sea una pastillita de buen jabón para bañarnos y que haya agua, para hacerlo.¿Marcas? no las hemos vuelto a ver: ¿dónde está Palmolive, Camay, entre otros? Ahora, con suerte tenemos un jabón azul y lo partimos en pedacitos para estirarlo lo más posible. Usamos los dentífricos hasta más allá de lo último, y no conforme con esto, ¡abrimos el tubo con una tijera para extraer lo que queda muy dentro, no podemos perder nada de la costosa pasta dental!Costosas, sí, pero “chimbas” porque, aunque por fuera lucen igual a las reconocidas, en realidad son plagios con nombres cambiados y de muy mala calidad.

Venezuela y los venezolanos hemos empobrecido. Se nos nota en los zapatos y en la ropa, se nos nota en los rostros, cada vez más delgados. Se observa en las estanterías vacías de las ventas de alimentos. En los negocios que están cerrando sus puertas o que se han empequeñecido porque ya no tienen mercancías para vender. Se siente en la situación de nuestros hospitales y principales centros de salud, que no tienen nada, sino la voluntad de su personal.

Se percibe en un ambiente turbio, donde las colas para todo son el común denominador de un país que se destruye cada día por la acción de miles de conflictos de toda índole, que los dirigentes de cualquier tolda política no han querido o no han podido resolver.

Mientras tanto, nos toca esperar un milagro, como le pasó a Alborada, con la visita del cielo.

A.E.L.L.C.C.