En el taller, el alumno, el maestro y el profesor proyectan novedades que no son primigeniamente el resultado del estudio y movimiento de fragmentos de lo tecnológico, sino de una fuente —la naturaleza— con la cual el ser humano sigue conservando un vínculo vivo, imprescindible y armónico para la subsistencia de su integridad.
A este vínculo lo he denominado la relación del estudiante con la naturaleza después de la escuela, sustancialmente en el taller. Dicho nexo es primigenio; es decir, esencial para la vida de todo ser humano. Al subrayar que es imprescindible para nuestra existencia, pongo de relieve que mantenerlo en equilibrio no depende principalmente de las inversiones económico-tecnológicas, sino de una sabiduría libre y práctica. Como bien indica el libro de los Proverbios: «Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará; y con ciencia se llenarán las cámaras de todo bien preciado y agradable» (24, 3-4). La investigación y experimentación de esta sabiduría están comprometidas únicamente con robustecer la continuidad de un balance racional y razonable; romperlo mediante la explotación extrema de los recursos bien podría ser, en muchas ocasiones, la gota que colme el vaso.
En este sentido, en los talleres de instituciones como la APEP, el CECALE o el INCES, antes de que los proyectos apuesten por un progreso donde la emancipación humana a través de la técnica se traduzca en talas indiscriminadas y urbanizaciones descontroladas, sus tutores deben esclarecer desde dónde y cómo se le imponen límites conscientes a dicha emancipación. Se trata de comprender hasta qué punto podemos intervenir sin vulnerar el equilibrio y la capacidad de regeneración de la madre tierra.
No es este un pensamiento débil, tampoco fundamentalista, indiferente o catastrófico. Al contrario, mediante la enseñanza de la cordura en la primigenia relación del estudiante con la naturaleza, y aun siendo tolerante con el valor fundamental de lo nuevo, el alumno aprende con realismo y esperanza a no convertir la tecnología en una trampa solapada en la cual termine cayendo el mismo que la fragua.
O sea, que la avidez de las novedades y, por ende, el trato racional y razonable de la casa común —el planeta tierra— inculcado en la educación para el trabajo, no sigan transformándose a escondidas en el máximo ideal de la máxima productiva. Un aprendizaje técnico donde prevalezca el ideal del confort y del menor esfuerzo buscará generar derroche, satisfacción inmediata y saturación del espacio, sin importarle la explotación extrema del medio biótico.
En el Evangelio de San Mateo, Jesús relata la parábola de la casa edificada sobre roca y la casa edificada sobre arena. Sería retrógrado interpretarla como una especie de escepticismo ante el sano progreso de la humanidad. Sin embargo, lejos de ser un hedonismo espiritual o una simple exaltación del ego, la parábola de Cristo —maestro de todos, como señalaba San Buenaventura— nos advierte desde el taller, y primordialmente a las clases más acomodadas, que la ejecución de un proyecto de ninguna manera es primordialmente un objeto de lujo; quien tenga la responsabilidad de prepararlo y llevarlo a cabo no puede desvincular de tal compromiso su propia responsabilidad personal.
09-07-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
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