Por: Ramón Sosa Pérez…

“En Mariño, los tovareños tenemos nuestro mejor encanto, representado en las lagunas”, solía decir el Cronista de El Llano Mario Rosales y citaba a renglón seguido: “La Laguna Blanca, Los Lirios, La Negra, Los Anteojos y Las Palmas. Para el acucioso relator de la cotidianidad en el Valle del Mocotíes cada una detenía un rimero de oralidad impresionante en los poderes de conjuro y simbología ancestral.    

Lo propio pudiera decirse de otras muchas expresiones de la tovareñidad en sus montadores y cabalgaduras a la que fueron tan aficionados de antiguo. Luego, la pasión por las ferias de solera, con jinetes, amazonas y celebraciones coloridas de retreta y toros, a las que concurrían por igual las familias enteras, haciendo gala de apego por la buena música de bandas, cuyo renombre sobrepasaba la frontera local.  

Ese salero festivo fue escenario para el lucimiento de generosos rasgos de bonhomía, hechos ejemplo en los nombres de hijos de la villa que la enaltecieron, ora en sus aldeas y villorrios, ora en la urbe mocotiense donde nacieron hombres de la talla de José Ramón Rangel, Hilario Zambrano, Jesús Rosales Melani, Claudio Vivas y damas de nombradía educadora como Ananías Avendaño o Hermenegilda Durán.   

Justo en este mes de diciembre, pero hace ya una década, un puñado de Farmacéuticos celebraba los 61 años de egreso universitario, en la Promoción “Dr. Mario Spinetti Berti”. A invitación del doctor José Rafael Pulido Hernández, congenié en acompañar el protocolo de un par de actos. Allí conocí al doctor Saúl Escalante, bonachón, atento y perspicaz, cuyo humor me impactó desde el primer momento.

Nonagenario él, no se dejaba vencer por los años y agregaba el prodigio de una memoria casi fotográfica. Conversamos mucho en los días sucesivos. Reconocí su profunda fe y preocupación por el entorno social del país. Si pudiera rotularle una frase, le endosaría “es un hombre agradecido”, porque no se cansa de corresponderle a Dios, a la familia, a los amigos y a cuantos conoce por tantos logros suyos.

Este tovareño se había graduado en 1945 de Farmacéutico en la ULA y desde entonces, su carrera fue siempre ascendente. Se marchó a Caracas abriendo nuevos horizontes a su formación profesional y allí hizo su vida con dedicación e infinito afecto por los valores del trabajo y la carrera de Médico. El doctor Escalante se granjeó amistades por doquier y de ese culto maravilloso conservó grata membresía. 

Lector fervoroso y seguidor de Cecilio Acosta, generoso oyente de la buena poesía y ocurrente contertulio. Muchas anécdotas tengo presentes aún de sus frecuentes viajes al extranjero y como gustaba referirlas, comparto una en esta crónica: En el aeropuerto de Barajas, al ser atendido con diligencia por una recepcionista en un aprieto de cupo, quiso corresponderle al extender un curioso cheque a su favor.

La amable Secretaria del Aeropuerto, haciendo gala de su delicadeza y pericia en el trato ante casos análogos, rechazó de plano lo que juzgó incorrecto y preguntó con respeto: “es Ud venezolano?”. El doctor Escalante sintió pena por su país, pero al instante reaccionó en la insistencia, rogándole aceptara su cheque. Ante la mirada de todos, la señorita procuraba señalar un soborno prohibido en España, pero a vista de los presentes.

De inmediato y ya dueño de la embarazosa situación, el médico venezolano señaló su contenido a ojos vistas: “Soy el Presidente y dueño único del Banco de la Felicidad y deseo entregarle 365 días plenos de júbilo y alegría para que los gaste con los suyos, disfrute con los mayores intereses, por tan grande demostración de afecto por lo que hace a diario. Ud lo merece” y a renglón seguido dijo “..y si soy venezolano, señorita!”.

La sorprendida chica española, junto a su superior y a vista de quienes se agolparon a la escena en la curiosidad, recibió el más hermoso cheque que viajero alguno depositó en sus manos. Era tiempo de navidad, nos refirió. Así fue siempre el Doctor Escalante, tovareño de mano abierta y franca a la amistad y la filantropía. Tengo uno de sus cheques que en el reverso lleva la historia del villancico universal “Noche de Paz”.

Su mensaje ecuménico no puede ser más elocuente en este tiempo decembrino. Cuando abandonó Tovar para irse a Caracas, era un joven cargado de sueños. Nunca retornó a la querida villa rural, de pocos habitantes y mucho empeño comercial; sucesores en línea directa de aquellos viejos inmigrantes de la guerra europea, mezclados con hombres del sur merideño y prósperos apoderados de la esperanza en el Mocoties.

Años luego, lo encontré en el Táchira con humor envidiable y memoria pasmosa. Al renovar el respeto por sus años y experiencia, volvimos sobre el tema del Banco de la Felicidad y con la afabilidad proverbial lo hicimos petitorio general: Ojalá pudiéramos hallar a un Presidente de esa entidad que nos permita soñar y pensar en grande porque, sin duda, nos lo merecemos y la navidad es tiempo propicio para reflexionarlo.    

14-12-2025