El último día del año

Juan menciona la palabra anticristo. Anti, contrario, Cristo, el Ungido de Dios. Anticristo, el disfrazado de Cristo para engañar y sembrar el caos en la humanidad.

¿Por qué el último día del año Juan describe este fenómeno? El hombre afectado por el impostor, emprende cualquier actividad desdibujada por la incertidumbre de la mentira. Vivir en la mentira, vivir en un ambiente incómodo; quien sacrifica la verdad enajena su libertad, la distancia de las vivencias legítimamente humanas y la encadena a las hueras ficciones. El farsante arregla actitudes vacías de recta intención.

Finalizar un año pide examinar los comportamientos, sacrificar los poco correctos y descartar el gusto por ellos; necesitamos la gracia de mantener la honradez con todo el empeño exigido. El impostor busca acomodar toda situación en un exquisito bocado de su rapacidad. Juan es claro, salieron de entre nosotros, pero no son de los nuestros.

Los embaucadores recitan admirables discursos a la verdad, luego la contradicen con sus accione ventajistas y burlescas. Revientan las palabras justicia, derecho, familia, sociedad, amor, bien de todos, dignidad, pero su querer lo orientan a la mazmorra y a la ganancia ilegítima. Están viciados en la violencia y la discriminación.

No son de los nuestros, acota Juan. ¿Cómo identificar un rostro humano, humano en el buen sentido de la palabra, común a todo hombre y mujer, pero en cuyo interior conserva imágenes turbias y escasas de afabilidad? El triunfo en esta identificación pertenece a quien pule su consciencia y lo manifiesta en su semblante. Quien, a pesar de la fatiga en dicha tarea, construye una cabal integridad. Quien ni aun el rigor de la crisis o las crisis lo lleva a permutar su dignidad y menos aún la de su semejante. Juan enérgicamente enuncia, ninguna mentira viene de la verdad.

¿Cuánto trabajo requiere la verdad en un contexto social donde lo mejor es sacar provecho a toda costa? El hombre posee cosas y justamente ha de tenerlas. Asimismo, posee la cualidad de evitar valorarse a partir de ellas. Está llamado a darles el valor y el lugar oportuno. Estimarse desde ellas, es un caso extraño; arriesga extrañarse de su nobleza.

El salmista indica cómo las cosas creadas por Dios le cantan vítores, no lo reemplazan, y además aprovechan al hombre a quien tampoco relevan, es decir, alégrese el cielo, goce la tierra; retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos; aclamen los árboles del bosque.

La verdad sobre jamás está únicamente en lo material. La verdad sobre lo material incumbe al hombre. Dice la verdad apoyado en algo. La verdad tenida en algo, eleva su mente y corazón a lo más sublime. La sublimidad de Dios ha asumido la carne, la protege y la encumbra a lo más esclarecido. Este ascenso hace de la humillación humildad, no menosprecio, con el propósito de robustecer nuestra debilidad en su propia condición.

La palabra era Dios, subraya Juan. El dio su palabra, y Él es fiel a su palabra. Una palabra sincera, invita a sincerar las nuestras, porque con las palabras edificamos. ¿Qué? Amistades, comunidades de fe, promesas cuyo objetivo final está en su cumplimiento.

La palabra invariable, delata al anticristo, y otorga la victoria a quien combate un mal ladino que termina convenciendo a los faltos de palabras verdaderas y sólidas.

Palabra y buen ejemplo, la mejor luz en las tinieblas. El testimonio de la luz, aclara los tipos de actuaciones pasadas y orienta los nuevos proyectos hacia una mejor vida individual y comunitaria. Para ello la persona humana vive custodiada. Su vida, su cuerpo, su espíritu, su carne, personifican una ofrenda realizada y cumplidamente honesta, esto es, la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

Maravillosa frase denominada Jesucristo. Esplendida frase para apreciar ésta, muchos anticristos han aparecido… Salieron de entre nosotros, pero no eran de los nuestros. La lucha contra los secuaces del mal, de retórica alucinadora y palabrería insustancial, pide una constancia completamente afianzada en Dios; alimentada y engendrada en éstas, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.

¿Qué energía tiene la palabra dada? La energía del Enmanuel, el Dios-con-nosotros. Edificado en la Palabra por excelencia, el hombre dona su palabra; la dona para mantenerla y tener el coraje de responsabilizarse en trabajos decentes. Él, para amparar su palabra, necesita guarecerse en el vigor del Verbo hecho carne cuya pobreza ha enriquecido a muchos.

Palabra y vida entretejen una simbiosis inalterable. La palabra llama a la vida y ésta crece aun en la hostilidad de las tinieblas, porque encuentra el ingenio de muchos corazones prontos a orientarse por ella. Su autenticidad transforma las palabras inexactas. Ella protesta la ignorancia por parte del mundo, pues indica Juan, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Y, a la vez, ensalza a quienes aceptan su vigor, a cuantos la reciben, les da poder para ser hijos de Dios.

El hijo de Dios, en sus palabras y actuaciones, rebate la tentación de apoyarse en el poder para humillar. Al hombre no se le ha dado el mando sobre las cosas salidas de las manos de Dios, para reducirlo en una ocasión de servidumbre y desafuero; de Jesucristo escucha, no he venido a ser servido, sino a servir.

El servicio de la palabra, alienta a hombres y mujeres a estar solícitos en desarrollar sus ocupaciones bajo la luz de la fe, la esperanza y la caridad. Es prioritario el humanitario propósito de evitar la mentira. Todo cuanto procede de ella culmina en el fracaso y la desesperanza.

En fin, la palabra del Verbo hecho carne conduce a hombres y mujeres al laurel sobre el embuste y la impiedad.

 

31-12-24

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

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