Dicen que los jóvenes son el futuro, parece que nuestro impacto solo importará cuando tengamos la mayoría de edad, pero la realidad es que no hace falta esperar a tener 18 años ni a votar en unas elecciones para empezar a cambiar el entorno donde vivimos. Nuestro poder de acción empieza en la esquina de nuestra propia calle.
Crecimos en una época donde lo natural ante un problema de la comunidad es grabar un video corto, subirlo a redes sociales con un texto indignado y esperar a que se vuelva viral. Aunque visibilizar los problemas en internet ayuda, la queja por sí sola se puede quedar en el aire si no se transforma en una denuncia comunitaria formal. Las redes sociales nos permiten convocar reuniones o reunir firmas comunitarias en cuestión de horas.
Aprender a canalizar la molestia social es uno de los pasos más importantes para ejercer una ciudadanía activa desde la juventud. Cuando nos organizamos con vecinos, compañeros de clase o grupos juveniles para reportar una falla en los servicios públicos o proponer una mejora en la comunidad, dejamos de ser simples usuarios que sufren el deterioro del entorno para convertirnos en actores capaces de exigir respuestas a las autoridades.
Si algo caracteriza a la juventud actual es la soltura con la que manejamos la tecnología, esa habilidad es una herramienta cívica gigantesca si sabemos usarla a nuestro favor. Algunas ideas podrían ser tomar una fotografía para documentar con precisión y datos, algún problema de la comunidad. No se trata de asumir un rol negativo, al contrario, es una muestra de cuidado y pertenencia por el lugar donde crecemos.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 4to año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
27-09-2026 (156)



