Este tema no es una moda o un eslogan; más bien pide reflexionarlo y así ver qué estamos haciendo; en efecto, la campaña compartir propuesta para este año de la Iglesia en Venezuela expresa: las personas no se venden, las personas no se compran. Es innegable la existencia de personas negociadas y vendidas que empoderan a unos pocos con la instrumentalización que les imponen. Y, en este sentido, dejemos la errónea idea de imaginar este trastorno únicamente existente en los países pobres; es afín, aunque en unos sea menos o disimulado con destreza, a las distintas formas culturales.
Los empoderados del otro a través de la trata de personas las comercian como objetos que paulatinamente pierden el entendimiento de su identidad, porque pasa a la esclavitud de las conveniencias; en éstas la dignidad sin identidad la transforman en explotación y el trabajo estafado (sexual, tráfico de órganos, nuevas formas de vasallaje), sacia una dañina autopreservación en el defraudado a la vez transformándose en presa de la voracidad profesional de las estructuras de ilegalidades arregladas, las cuales ante la sociedad muestran esta ladina identidad: padeciendo la afección de lo incorrecto pero evidenciándola hipócrita y sagazmente como correcta.
En los días de Cuaresma y en la Semana Santa los Vía Crucis son una práctica devocional sustentada en los Evangelios y celebrada en distintos sectores de la Iglesia católica en la sociedad. En ellos el fin primordial es contemplar y escuchar a Cristo o a cuantos le acompañan, éstos compuestos por seguidores y oponentes, discerniendo en cuáles el eco de los problemas de nuestro tiempo, por ejemplo, la trata de personas, es más imperioso y resonante.
Aquí en la Arquidiócesis de Mérida son comunes en todas las parroquias, en cada familia, y en la ciudad, especialmente el de la Catedral a la parroquia Universitaria, el Vía Crucis ecológico y el de la Montaña. Entonces, esa deplorable situación, ¿solicita alguna ayuda sólo necesaria en algunos sectores, unos eclesiásticos otros no, y en una gran mayoría de sectores de la sociedad, sólo aspiran y reconocen una simple representación en el trabajo de los otros?
En ocasiones decimos: son apuros inabarcables y cedemos a la impotencia, pero el vínculo de acciones buenas a nivel global, aunque poco evidenciado en los medios, ha demostrado y sigue haciéndolo, la preocupación y cooperación entre uno, algunos y diversos por Cristo que ante situaciones de pobreza, de abusos de poder, de trata, de pedofilia, de pederastia, de migraciones forzadas, está siendo condenado a muerte (I estación) en quienes en aquellas desventajas, les condenan a la pérdida de su personalidad. Al respecto, evitemos que la compasión y la solidaridad se confundan en el simulacro.
La Cruz no es un instrumento digital o artificial; está presente en cualquier situación y sustancialmente en los sufridos, los maniobrados, pues en ellos Aquel cargado con ella (II estación), ya había invitado cordialmente a descender de una mera conceptualización, a no rehuirla, con el fin de hallarle en el más pequeño de sus hermanos.
En las caídas no sólo constatamos la sensibilidad contradiciendo a la razón o viceversa; no las analizamos con academicismo, sino con el tino de Cristo el cual cayendo (III estación), cediendo al peso de la cruz, indica en realidad el dominio pasajero de un dominador; de un inescrupuloso o encubridor afianzado en otros cómplices, que entre todos niegan a sus víctimas incluso la posibilidad de acudirles con un mínimo de sinceridad.
La tecnociencia coopera en ofrecernos el medio para el encuentro con el otro; sin embargo, hay encuentros, muchos no registrados en algún visor, en los que luce el genuino afecto por la vida ajena del que calla las injusticias que soporta; y en quienes ella es irreducible a una parodia de propaganda y muerte. El otro, con frecuencia no sabremos quién será, no requiere de otros que también lo burlen, al contrario de quienes al emotivo encuentro de Jesús con María (IV estación), para reproducirlo con sentimiento y honestidad, no esperan estar centrados en una pose de foto, aguardando a la vez una especie de satisfacción técnica.
La cruz es mutuamente vinculante, porque llevarla puede corresponder a personas indiferentes o consideradas auxiliares de ocasión; en efecto, a Simón de Cirene lo obligaron a cargarla y trasladarla (V estación), y no obstante aun así alcanzó una interacción que permitió un alivio a quien anticipadamente había indicado carguen con su cruz y síganme. La implicación, la ayuda a asumirla y transportarla, no sólo es para conocer en ella un puro método o una categorización, sino la actividad de personas concretas que van en búsqueda de otras, usadas con insensibilidad, para corroborarles el buen trato de Dios y de su Iglesia.
Antes surgió la palabra “interacción”, y enfatiza que el maltrato y la trata de personas no agota completamente la nobleza de los fatigados, pues los que desenvuelven un comportamiento como el de la Verónica (VI estación) a éstos no los tratan áspera e interesadamente como sujetos separados y distintos o nada parecido su rostro al de la diversidad de los semblantes humanos.
La interacción no sólo corresponde a la interpretación de las injusticias; con seguridad a Jesús le sucedió la segunda caída (VII estación) y en el momento los que le auxiliaron a erguirse de nuevo lo hacían con brusquedad; de este modo es asistido quien cede ante el peso de las injusticias, porque a los empoderados de su dignidad aún les es poca la renta.
La Iglesia, inmersa en las distintas formas de sufrimiento de hombres y mujeres, lastimada por ésas y por nuestras propias equivocaciones, no obstante, consuela (VIII estación) imitando a su esposo y maestro. Carga en sus hombros a la oveja descarriada y cura y venda a la herida. El consuelo corrobora una solidaridad de escucha, acogida, ayuda, que contemporáneamente responde al rechazo y al menosprecio social de quienes otros han deformado psíquica y orgánicamente; de quienes parecen tener un aspecto adicional por el cual en la sociedad son estrambóticos y generan repulsión.
Dios y la Iglesia no desechan ni reciclan a las personas, aun las deformadas por mentes y manos inescrupulosas, incluso los que optan por la conversión; por eso, ante la caída del semejante (IX estación) no hemos de vernos reducidos a la inacción del mero contemplar inerte, porque notamos al otro, al vejado en sus fundamentales derechos de humanidad, como un superhistrión, es decir, un inventor genial de actuaciones teatrales; alguien que padece en carne propia los atropellos pero del cual quizá nos atrevamos a pensar que eso es sólo parte de una suerte de estética del espectáculo; sin embargo, acaecen calvarios inéditos que provocan afectos inéditos.
Ante la realidad de los vapuleados en su dignidad unos experimentan un fenómeno que satura, otros sólo impresión y otros una especie de repugnancia ante los que de frente a tal realidad prefieren disfrazarse con máscaras altamente sofisticadas para una publicidad fugaz, una foto y luego un desentendimiento hasta otra oportunidad. Jesús fue despojado de sus vestiduras (X estación), por ende, despojémonos de aquellas máscaras, ya que hay quienes emplean el poder del dinero y organizaciones para hurtar y procurar casi la desaparición de la dignidad del otro; entonces, desprendiéndonos de tales carátulas lo que a las víctimas le han hurtado a la fuerza y por fraude, más bien las asistimos devolviéndoles la seriedad de la filantropía en el normal y añorado reencuentro con lo verdaderamente humano.
Ante los rumores aturdidores y amenazantes muchas personas, aunque sea sólo creativamente, oyen el sonido producido por el martillo al choque con los clavos (XI estación). El grito del inocente, reflejado en este choque que indica la perforación de las manos y pies de Cristo, es un retumbante eco en aquellos centros donde utilizan a seres humanos cual garantía de acuerdos entre inversiones y ganancias. Tales gritos rompen el acero de nuestra indiferencia, ponen en vilo no sólo la inteligencia y la razón, sino también la diligente generosidad que, aun con prudencial sigilo, deshace las barreras del miedo y la intimidación.
Llegamos al momento en el cual a la muerte no hemos de verle como la culminación del azar de una lucha, pues la dejaríamos en una interpretación de sí misma sin incumbirnos; este tipo de interpretaciones no tienen fin y así instauran un espacio abierto por el que mientras tanto la muerte real incluye al mismo intérprete. La muerte de Jesús (XII estación) no sólo nos enseña un modo original y bárbaro del proceder de quienes con violencia promueven la muerte del otro, y ésta la producen en las víctimas del trato de personas empezando por arrebatarles su identidad y dignidad, cosa planeada y vilmente aprobada en sus círculos secretos; pero, además, la muerte de Jesús implica una participación con él y en él que, en los abusos tolerados por los más vulnerables, motiva a alentarlos con el bálsamo de la rectitud, la proximidad y la esperanza.
Descansamos sobre la sentida convicción de que, aun sin darnos cuenta, hay alguien acompañando a los martirizados por la violencia; en efecto, al bajarlo de la cruz una de las primeras en recibir a Jesús exánime fue María (XIII estación), y siguiendo su ejemplo una de las primeras en custodiar a los vejados en sus fundamentales derechos de humanidad es la Iglesia; no únicamente los hace sentir tomados en cuenta, sino contrariamente a todo interés usurero y publicitario, estrechados con el liberal abrazo de la compasión y la caridad.
La muerte del apoyo moral y solidario a las víctimas del trato de personas consiste en seguir imaginando que son renglones dejados sólo en el papel, que no hay agentes que lo puedan realizar o lo están realizando; éste es un tipo de sepulcro vacío y negativo; en él negamos a Cristo; ahora, en verdad seamos sepultados con él (XIV estación), pues sostiene en nosotros no la imposición de la efigie de las oscuras relaciones de poder, sino la alentadora presencia del Resucitado (XV estación) a partir del cual cuanto hacemos por el más frágil, por el utilizado en esas oscuras relaciones de poder, no caen en la sospecha de acciones bondadosas, sino en una labrada bondad según la cual el vulnerable siente resurrección y esperanza.
17-03-24
Pbro. Horacio R. Carrero C.



