Por: Germán Rodríguez Bustamante…
La recesión es una caída significativa de la actividad económica que acontece en el conjunto de la economía y para un número suficiente de meses, y que resulta visible en términos de producción, empleo, renta real, y otros indicadores. La distinción entre depresión y recesión se ha establecido en función de la duración e intensidad de cada una. Una recesión pasa a ser depresión cuando la caída del PIB real superaba el 10%, o cuando ésta se prolongaba durante más de tres años.
Sin embargo, algunos economistas apuntan en la actualidad que las diferencias entre ambas son más complejas, y tienen que ver también con sus causas. De acuerdo con ello, una recesión no surge a consecuencia de burbujas crediticias, punzadas en activos sobrevalorados, contracciones severas de crédito y caídas generalizadas de los precios, que son características de las depresiones.
La pandemia presente prácticamente en todo el mundo, está generando problemas serios en la economía global. Lo que es un problema de salud se ha convertido en mal económico. Es difícil anticipar las consecuencias del mortal virus, mientras no se aproxime una cura o tratamiento efectivo para el padecimiento. La incertidumbre crecerá y por ende las consecuencias en la economía real. Las medidas económicas y financieras tomadas por las naciones hasta el momento pueden ser insuficientes. El camino impredecible y sin precedentes del coronavirus ha trazado paralelos con la depresión, en particular con las predicciones de que el aumento del desempleo y la caída porcentual en la producción económica podrían rivalizar con los observados en la década de 1930.
En este momento, como en el 2007, la Fed y los bancos centrales mundiales se han movido para inyectar efectivo en la economía y promulgar nuevos programas para tratar de limitar el riesgo de quiebras comerciales y desempleo sostenido. Cuanto mayor sea el costo del virus, y cuanto más dure el brote, mayor será el daño a la economía.
Si medimos los impactos hasta el momento tomando como indicador el Dow Jones, podemos observar que, en una época de crecimiento de los mercados de capitales, el 12 de febrero el DJ alcanzo su máximo valor llegando a los 29.500 puntos, el viernes pasado 27 de marzo llego a 21.500 puntos, a pesar de los incentivos aprobados por el senado americano de 2.2 billones de dólares. El marcador perdió en un mes 8.000 puntos aproximadamente, lo cual representa cerca del 27 %. En conclusión, los inversionistas siguen estando extremadamente nerviosos, derivado de una incertidumbre sanitaria que afecta su racionalidad financiera.
Esta semana que acaba de culminar todas las naciones tomaron medidas más severas y restrictivas, con la finalidad de detener o disminuir en lo posible los contagios. La directora del FMI Kristalina Georgieva, señalo que el organismo esperaba una recesión muy profunda este año, y que una recuperación en el 2.021 dependerá de si se puede contener el virus y si los problemas de liquidez no afecten la solvencia. Es claro que el mundo entro en una recesión tan mala o peor que la vivida en el 2.009, con la crisis financiera mundial. El fondo tiene como prioridades prevenir que los países endeudados caigan por el barranco, y les preocupa las bajas en las exportaciones de los mercados emergentes, para lo cual estiman una ayuda de 2.5 billones de dólares.
Por otra parte, el BID anuncio a través de un comunicado que luego de conversar con los gobiernos miembros y tras analizar técnicamente los impactos del coronavirus, concentrarán su apoyo en cuatro áreas prioritarias: respuesta inmediata a la salud pública, redes de seguridad para las poblaciones vulnerables, productividad económica y empleo y por ultima políticas fiscales para aliviar impactos económicos. Además de reprogramar la cartera existente de proyectos de salud para atender la crisis.
La pandemia de coronavirus ha puesto a la economía global en un sorprendente estado de suspenso, los países más vulnerables del mundo sufren daños cada vez más intensos. Las empresas, a falta de ventas, tienen que despedir a sus empleados. Los hogares que no cuentan con ingresos suficientes gastan a cuentagotas en alimentos. Los inversionistas internacionales abandonan los llamados mercados emergentes a un ritmo no visto desde la crisis financiera mundial. Esto genera una disminución en el valor de las monedas y obligan a las personas a pagar más por bienes importados como alimentos y combustible. Los mercados emergentes representan el 60 % de la economía mundial en términos de poder adquisitivo, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Una desaceleración en los países en desarrollo se traduce en una desaceleración del planeta.
En Latinoamérica, la pandemia confronta a los países con una emergencia de salud pública combinada con una crisis económica, y cada una agrava los efectos de la otra. Las mismas fuerzas actúan también en las naciones ricas. Sin embargo, en los países pobres, donde miles de millones de personas viven al borde de la calamidad incluso en épocas de bonanza, los peligros se amplifican. Lamentablemente en Venezuela esto ocurre con un régimen que no cuenta con recursos para atender a los más necesitados. Una recesión sincronizada por una pandemia que castiga a los países de manera indiscriminada y transforma las fortalezas económicas tradicionales en vulnerabilidades alarmantes. Nuestra Nación en fragilidad extrema por errores cometidos en el pasado: una voraz e insaciable corrupción, una incapacidad y negligencia gerencial publica y un Estado de Derecho maltrecho, sumado a la diatriba política y la dualidad institucional nos coloca al borde del genocidio colectivo. Si el mortal virus nos alcanza no tendremos escapatoria y las cifras serán escandalosas. Se requiere con urgencia un pacto de unidad y emergencia nacional.
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