La educación sin un educador y un educando instituiría una actividad con un fin, —cultivar sabiduría—, del que nadie puede decir que sería más provechoso después de cumplirlo o después de haberlo eludido.

Por eso, el título de este artículo rotula: “en educación, lo que parece ciego, mira: la conciencia.

Cierto, existe el educador y el educando, y en el vínculo pedagógico entre ellos también es real esta reflexión: Hasta ahora, en lo recorrido educativamente, ¿el educador y el educando no han mirado más allá que a lo que a cada cual le es de su conveniencia?

Cuando en un aula de clase cada uno no sale de sí, y actúa al modo “yo y sólo yo”, en realidad la conciencia, sea del uno o del otro, no es más que egoísmo. Ella lo mira de acuerdo a este parámetro.

Pero, ¿cómo corregir con educación esto?

Responderé en dos momentos:

En primer lugar, el educador —un ser humano, con sus alegrías y tristezas— decepcionado por una recepción indiferente, alumnos indecisos, puede formularse: ¿Qué me importa esto? No es para mí lo que yo hago. Económicamente tengo algo seguro.

Ahora bien, ¿qué expresarles?; ¿la miseria desaparece?, ¿la prosperidad de todos irá en aumento?

Por supuesto, eludiría por completo una respuesta así: ¡Y este pobre educador educa a sus educandos!

En el fondo de su conciencia el educador enciende la chispa de la esperanza y la confianza, y con ella se indica: Educo y sé a quién. Educa al que quiere y al que no, también. No falta quien a estos les aclare: Pónganse en lo mejor, pues, en concordancia con V.M. Hugo, “los diamantes se encuentran solo en las tinieblas de la tierra; las verdades se encuentran sólo en las profundidades del pensamiento” (2006, p. 268).

En segundo lugar, el educando se deslumbra en lo hondo de su conciencia al mirar esta gran verdad: Que, en el itinerario de su instrucción, la influencia de la recta y humana autoridad de su preceptor es irrevocable. Por ende, además admira que, en tal proceso, favorecido pedagógicamente, “el siente saber que aprende”, y que esto, principalmente, no es del interés de todos, sino del suyo propio.

Esto de ningún modo es egoísmo —véase la explicación dada al respecto—; es la postura de alguien que sabe quién es y que, su educación antes de ser del interés de todos, lo es del suyo propio, porque le es inevitable que de este modo le importa favorecer al compañero que se le dificulta el aprendizaje; y, en consecuencia, frente a esta situación evita decirse: Que se las arregle como pueda.

Una actitud al modo de esta reacción conviene romperla, pues si alguien la ostenta sería justo para él señalarse: ¡Este no soy yo!

¡Cuánto alivia —y lo he experimentado— a un compañero de clase que se le ayude a esclarecer lo que en él no ha quedado claro de alguna lección!

Con esta acción, cooperación con quien se le dificulta el aprendizaje, aunque por pocos conocida, sin embargo, el que la práctica le certifica a quien ayuda y al país: No vacilemos más, no retrocedamos más.

De esta forma ello conviene al interés de todos; no al de una mera exclusividad.

En fin, siguiendo la idea del artículo, dejémonos amaestrar al respecto con esta parte del diálogo entre Felipe y el etíope, o sea, “¿cómo voy a entender si no tengo quién me lo explique?” (Hch 8, 31).

Referencia:

Hugo, V. (2006).  Los miserables. Tomo I. Caracas, Venezuela: Fundación Editorial El perro y la rana.

 

22-01-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com