Cada 5 de septiembre, desde 1983, el mundo conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena. Esta fecha, instituida en honor a Bartolina Sisa, guerrera aymara que se opuso con valentía a la colonización española, no es un simple recordatorio en el calendario. Es un llamado urgente a reconocer, visibilizar y honrar la lucha, la resiliencia y la contribución invaluable de las mujeres que son el pilar fundamental de sus comunidades y guardianas ancestrales de la sabiduría y la biodiversidad del planeta.
Y en este reconocimiento, es imperioso volcar la mirada hacia las mujeres indígenas venezolanas, cuyo rostro está marcado por una doble y a veces triple lucha: por su género, por su identidad étnica y, en muchos casos, por la crudeza de una realidad nacional que las afecta de manera desproporcionada.
Venezuela, un país que se enorgullece de su diversidad cultural, alberga a más de 50 pueblos originarios. Detrás de cada uno de ellos, sosteniendo la estructura familiar, cultural y espiritual, está la mujer indígena. Son las wayuu, warao, pemón, yanomami, kariña, yekuana y tantas otras, quienes portan en sus manos el arte de la cestería y la alfarería, en su voz los cantos de sanación y en su memoria las historias y lenguas que resisten al olvido. Son las tejedoras de sueños en los chinchorros, las agricultoras que conocen los secretos de la tierra, las parteras que reciben la vida y las líderes que defienden su territorio con una ferocidad inquebrantable.
Hoy, sin embargo, ese reconocimiento debe ir más allá del folclor. Debe ser una denuncia y una alerta. Las mujeres indígenas venezolanas enfrentan desafíos monumentales. La crisis socioeconómica las golpea con especial fuerza, viéndose afectadas por la escasez de medicamentos, la desnutrición y la migración forzada. La amenaza a sus territorios por la minería ilegal, la deforestación y la contaminación de sus aguas no es solo un problema ambiental; es un ataque directo a su existencia, a su cultura y a su autonomía. Son ellas, las protectoras del agua y la vida, las primeras en sufrir las consecuencias.
A pesar de esto, su fortaleza es el motor de la resistencia. Son las primeras respondientes en sus comunidades, organizando ollas comunitarias, preservando las semillas autóctonas y liderando la defensa de sus derechos. Su voz se alza con cada vez más fuerza en espacios políticos y sociales, exigiendo ser escuchadas, no como víctimas, sino como actoras protagónicas en la construcción del futuro del país.
En este día, rendir homenaje a la mujer indígena venezolana significa:
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Escuchar su voz: No hablar por ellas, sino crear los canales para que sus demandas y propuestas sean incorporadas en las políticas públicas nacionales y locales.
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Proteger su vida y su territorio: Combatir con decisión la minería ilegal y garantizar la demarcación de sus hábitats y tierras, como lo establece la Constitución.
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Valorar su conocimiento: Reconocer que su sabiduría ancestral en el manejo de la biodiversidad, la medicina natural y la agricultura sostenible es una solución clave para los desafíos modernos.
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Visibilizar su arte y cultura: Apoyar sus emprendimientos económicos, justamente remunerados, que son expresión pura de su identidad y una fuente vital de sustento.
Honrar a Bartolina Sisa es honrar a la lideresa wayuu que defiende su comunidad, a la abuela warao que enseña su lengua, a la joven pemón que estudia para abogada y regresa a defender los derechos de su pueblo. Su resistencia no es solo histórica, es cotidiana y presente.
Hoy, y todos los días, nuestro reconocimiento debe traducirse en acción y respeto. Porque el futuro de Venezuela, plural, diverso y sostenible, depende en gran medida de que sepamos valorar y proteger la fuerza imbatible de sus mujeres indígenas.
Redacción C.C.
05-09-2025




