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miércoles, junio 24, 2026

En el hombre existe una especie de instinto para lo concreto

Este apartado está titulado con esta frase perteneciente a los autores de la “Introducción a la obra de Finley”: La Grecia antigua.

Esta “especie de instinto” caracteriza una razón profunda: es difícil para el hombre comprenderlo todo sin error.

Naturalmente, él también está llamado personalmente a indagar la verdad con la organización de su cerebro y sus sentidos, su temperamento y personalidad.

La faena es conquistarse enteramente para ella, porque desconoce mucho sobre ella.

Entonces, existe en el hombre esa especie de instinto para lo concreto.

Ahora, tal desconocimiento se asume de forma responsable. Por eso, acierta seguir esta distinción: lo que es del César y lo que es de Dios.

Esta “distinción” le solicita al viviente humano, con la mira de tenerla clara, energía y seguridad. Sin prejuicios. Ignorarla es ya anticipar el fracaso, o sea, el desconcierto de la sabiduría o las sabidurías humanas.

Con ella la sabiduría humana más bien ha de tener una relación sencilla, no mediocre.

El hombre va a lo coherente. En ese camino, el encuentro con Dios lo separa de lo superficial o común, no sólo porque le da gozo, sino porque lo llama a ser testigo de una fidelidad profunda. Ésta se enriquece cuando el hombre acepta y resuelva la inevitable distancia que existe entre él y lo divino.

Por ende, tal “distinción” es ineludible, ya que, su intérprete no se desenvuelve cual automatismo carente de inteligencia, ingenio y sentimiento.

En su resolución tampoco actúa como un fundamentalista.

En ningún momento de la vida, tal intérprete osará decir, honestidad por delante, que el ejercicio de la misma lo agarra por sorpresa. Ella desenmascara al que duda de la existencia de Dios y a la vez afirma “sí existe”.

Hace falta tomarla y retomarla con buen humor y suficiente amplitud.

El hombre concreta argumentos sobre Dios cuando no únicamente los ataca por peliagudos, sino también cuando de ellos deduce “lo mejor”. Éste incrementa en este tipo de contrastes, no en lo banal.

Desde luego, la intolerancia alza a los conceptos a un principio tan excepcional que los sitúa por encima y más allá de la crítica.

De hecho, elevados a una altura intocable, ya no se les cuestiona, se les venera.

En fin, el diálogo fenece donde la sensatez de la crítica ya no alcanza.

Referencias:

Shaw, Brend D. – Saller, Richard P. (2000). La Grecia antigua. (T. Sempere, Trad.). Editorial CRÍTICA

14-08-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com

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