Quien rehúya buscar la verdad al leer o escribir, rehúye interpretar con tino las grandes ideas de su mente.
En rapidez y profundidad, nuestra mente se halla necesariamente distante en relación con la digitalización, la inteligencia artificial (IA) o la robótica.
Es necesariamente distante en rapidez, porque nuestra mente se fatiga grandemente al crear con lógica y morfosintaxis un concepto o una definición, mientras que la digitalización le ofrece una variedad impredecible. Ahora bien, en la privacidad de nuestra mente, tal variedad impredecible nos mueve a reconocerle su imprescindible fatiga y la satisfacción de la innovación. Esta ha sido predominantemente inédita, pues a partir de la evidencia de una sola observación se ha generado un discernimiento compartido. Un ejemplo de ello es el descubrimiento del cerebrocentrismo por los médicos Herófilo de Calcedonia y Erasístrato de Quíos en la Escuela de Alejandría (siglo III a. C.), el cual influyó en Galeno y tiene resonancias actuales en las neurodisciplinas, la IA y el neuromorfismo, en los cuales, aunque profundizada y transformada —pues varias mentes la elaboran—, la idea permanece a la espera de más innovaciones.
Es necesariamente distante en profundidad, pues nuestra mente comprende que una innovación difícilmente exige una interpretación unidireccional. La interpretación la realiza en silencio, incluso frente a las opciones complejas dadas por la IA; las examina e impide que esta se las imponga, porque, si esto ocurre, lo más seguro es que tal variedad la disperse en el desorden. Por ende, evitarlo significa reconocer que la verdad de este o aquel concepto limita nuestra comprensión a los errores que de ella deban corregirse. Entonces, la esperanza de encontrar la verdad de este o aquel concepto no hemos de ponerla en un «potencial ilimitado» (Magnificas Humanitas, n. 12), sino en uno finito: nuestra mente, pero siempre inquieta por contar con su fragilidad al momento de avanzar hacia la verdad, indefinida en la temporalidad de este mundo.
La verdadera iluminación de las grandes ideas ha surgido del diálogo o de la lectura de los libros. Cierto es que la verdad se vuelve incomprensible cuando leemos sin atención, sin la pausa adecuada de los signos de puntuación u ortográficos, como una retahíla de un conjunto estático de conceptos. Si frente a la lectura y comprensión de los conceptos no generamos preguntas, nuestra capacidad de aprender estará asistida más por la adivinación, por el «copiar y pegar» o por una sintetización automática, que por el inspirador y vehemente anhelo de buscar y registrar la verdad.
10-09-26
Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.
horaraf1976@gmail.com



