Mérida, una ciudad hermosa, con calles llenas de historia y gente trabajadora, se ha vuelto también un escenario cotidiano de situaciones que ponen los pelos de punta, peatones que cruzan a media cuadra con el celular en la mano, jóvenes con audífonos que se lanzan entre el tráfico sin mirar, y señores que, confiados en la “viveza criolla”, desafían al semáforo en rojo porque “total, los carros frenan”. Pero ¿y si no frenan? ¿Y si el conductor viene distraído, o va con exceso de velocidad, o simplemente no alcanza a verte?
Como sociedad, hemos normalizado una irresponsabilidad que ya ha cobrado demasiadas víctimas en las arterias de nuestra ciudad. Y aunque siempre se señala a los conductores, muchos peatones merideños son los primeros culpables de ponerse en peligro. No se trata de echar culpas, sino de despertar conciencias. Porque una cosa es clara, las reglas peatonales no están para fastidiar, están para salvar vidas.
A diario observamos cómo personas cruzan la avenida Las Américas, la Urdaneta o la bajada del Cementerio con el semáforo en rojo, creyendo que tienen el derecho de paso. Pero no es así. Esperar el semáforo en verde no es un capricho de los conductores para tener privilegios. Es una regla que te da certeza, cuando cruzas en rojo, estás confiando tu vida a que todos los conductores te vean, frenen a tiempo y no estén distraídos con el celular o la radio. ¿De verdad quieres dejar tu seguridad en manos de un desconocido que quizás viene cansado o apurado? El paso peatonal es tu escudo. Ignorarlo es una invitación al desastre.
Otro error gravísimo que vemos a diario en Mérida es cruzar fuera del rayado peatonal. Esas rayas blancas en el suelo no son decoración ni un simple adorno urbano. Son el único lugar donde la ley obliga a los conductores a frenar. Cuando decides cruzar en medio de la cuadra, estás jugando al escondite con carros que vienen rápido y que, además, no te esperan porque no están obligados a hacerlo. La regla es simple, raya peatonal o nada. No importa si ves que “no viene nadie”; el peligro puede aparecer en un segundo, doblado en una moto o bajando una pendiente.
Y hablemos de algo tan básico que parece una broma, pero que muchos olvidan, mirar a ambos lados aunque el semáforo esté en verde. Suena obvio, ¿verdad? Sin embargo, basta con pararse diez minutos en cualquier esquina del centro o de la avenida Los Próceres para ver decenas de peatones cruzando con los ojos pegados al suelo, al celular o perdidos en sus pensamientos. Mirar es gratis, no pesa, no quita tiempo y, sobre todo, te puede salvar la vida. Un conductor ebrio, un taxi que se salta el rojo o una moto que viene en contravía no avisan. Tus ojos son tu mejor radar.
Otro punto que merece un llamado urgente es el uso de audífonos. Entendemos que la música acompaña el día a día, pero quitáte los audífonos al menos en los cruces peligrosos debería ser un acto reflejo. No escuchar el motor de un carro, la corneta o el rugido de una moto te deja en un estado de vulnerabilidad total. El mundo virtual puede esperar cinco segundos. Tu oído puede advertirte de un peligro que tus ojos aún no ven.
Finalmente, vemos con preocupación a esos peatones “temerarios” que corren y zigzaguean entre los carros para ganar unos segundos. Creen que son ágiles, que los reflejos les alcanzan. Pero la realidad es que el peatón predecible es el que los conductores pueden evitar. Cuando corres sin rumbo, cambias de dirección de golpe o te metes entre dos autos, generas caos y aumentas la posibilidad de un accidente. La calle no es una pista de obstáculos ni un videojuego. Un error de cálculo y el resultado es una tragedia.
Por todo esto, hago un fuerte llamado de atención a los peatones merideños: la irresponsabilidad no es un acto de valentía, es una falta de amor propio y de respeto hacia los demás. Dejemos de creer que “a mí no me va a pasar”. Dejemos de normalizar el cruce indebido, el audífono puesto, la mirada fija en el celular. Las reglas peatonales existen y hay que respetarlas.
Mérida merece peatones responsables. Tu vida merece que cruces con cuidado. No hay prisa que justifique una despedida para siempre.
Marco Antonio Sosa Villamizar
Estudiante de 3er año de bachillerato
Colegio Micaeliano-Mérida
12-04-2026 (141)



