En Perspectiva: Mérida: La gestión de lo real frente a la vitrina del asueto

Por:Pedro J Fernández R…

Mérida exige una gerencia que trascienda la vitrina del asueto para construir, con rigor técnico y visión de estado, una realidad operativa que funcione para su gente los trescientos sesenta y cinco días del año.

Mérida amanece hoy entre el aroma del incienso y el silencio de los hogares a oscuras. Mientras las palmas benditas adornan las calles este Domingo de Ramos, la ciudad se debate en una encrucijada que va mucho más allá de la fe o de los días libres. Estamos en ese punto exacto en el que la narrativa oficial, empeñada en vendernos una vitrina reluciente para el visitante, choca de frente con la realidad operativa que sostiene (o debilita) la vida de quienes vivimos aquí los trescientos sesenta y cinco días del año. No basta con abrir las puertas al turismo si la casa sigue en la eterna necesidad de una intervención profunda que se base en la eficiencia y la planificación, y no simplemente en el maquillaje estético de una temporada.

​Esta semana los titulares se han llenado de proyecciones optimistas. Se habla de un ochenta y cinco por ciento de ocupación hotelera, de miles de funcionarios desplegados y de la reactivación de íconos que nos devuelven el orgullo, como nuestro Teleférico Mukumbarí. Es, sin duda, una cara de la moneda que todos queremos ver brillar. Sin embargo, para quienes analizamos la gestión pública desde el rigor académico y la responsabilidad ciudadana, sabemos que la salud de una región no se mide por su capacidad de albergar visitantes durante unos cuantos días, sino por la robustez de su infraestructura para servir a su gente de manera constante. Mientras los reflectores apuntan a las plazas iluminadas para la infaltable foto, en los hogares de nuestras parroquias se vive bajo la sombra de un sistema eléctrico que ya no admite más parches ni eufemismos. Lo que hoy se nos presenta como un «plan de administración» es, en términos de gerencia pura, la confesión de un colapso.

​Es imposible hablar de una «Mérida potencia» cuando el pequeño comerciante del Mercado Jacinto Plaza o el emprendedor que intenta levantar una empresa tecnológica desde su casa pierden horas de productividad por un sistema que no responde a la demanda.

Gobernar es, ante todo, el ejercicio de priorizar. Y la prioridad de una gestión moderna debe ser el ciudadano, no la propaganda. A menudo escuchamos que la política es el arte de lo posible, pero en la práctica gerencial que debemos defender, la política tiene que ser la ciencia de lo eficiente. Es una herramienta que, bien administrada, funciona como un motor que potencia a la sociedad, pero que, manejada con improvisación, se convierte en un lastre que frena cualquier intento de progreso real. No se trata solo de que «no hay luz»; se trata de que no hay una hoja de ruta técnica que nos diga cómo vamos a estabilizar la red eléctrica de Mérida aprovechando nuestras propias potencialidades geográficas.

​Ese mismo síntoma de centralización y falta de planificación lo vemos en otras áreas vitales. Esta semana celebramos la llegada de insumos médicos de alto costo al Hospital Universitario, el IAHULA, noticia que recibimos con alivio por cada paciente que hoy tiene una oportunidad más. Pero desde una visión de gerencia pública, el éxito no debería ser la llegada puntual de un cargamento que depende de la voluntad de un ente central; el éxito real sería la creación de una red logística descentralizada que funcione por sistema y no por la excepción. El verdadero desafío administrativo no está solo en los pasillos del hospital central, sino en esos ambulatorios rurales de nuestros pueblos del sur o del páramo, que hoy parecen borrados del mapa de prioridades.

​La centralización de la emergencia es el error estratégico más costoso de nuestro modelo actual. Colapsamos el centro del sistema porque hemos dejado marchitar la periferia. Una gerencia eficaz entendería que invertir en la atención primaria y en la estabilidad de los servicios en los municipios es la única forma de que el Hospital Universitario deje de ser el único embudo donde terminan todas las angustias del estado. Es un tema de logística, de incentivos para el personal y de una voluntad política real para delegar responsabilidades a quienes conocen el territorio. Lo mismo ocurre con nuestro suministro de agua. Mérida se enfrenta hoy a una crisis hídrica que no es solo producto de la sequía, sino de una desinversión sostenida en nuestras plantas potabilizadoras. El río Mucujún nos envía señales claras de alerta que no pueden ser respondidas con racionamientos de última hora. Una gestión previsora utiliza la tecnología de monitoreo y el mantenimiento preventivo de las cuencas durante todo el año, no espera a que el grifo se seque para buscar culpables en el clima.

​Si de verdad aspiramos a que Mérida sea esa vitrina de excelencia que tanto se pregona, debemos estar dispuestos a cambiar el enfoque. No podemos seguir viviendo de «operativos especiales» que son, en el fondo, la prueba de que el sistema falla el resto del año. Un estado realmente gobernado no debería necesitar despliegues extraordinarios para recoger la basura, garantizar la seguridad o iluminar un túnel; necesita procesos estables, contratos transparentes y una supervisión técnica que no descanse. La planificación debe ser la brújula que nos permita saber dónde estaremos en una década, no solo cómo vamos a sobrevivir al próximo lunes. Y en ese camino, Mérida cuenta con una ventaja competitiva que pocos estados poseen y que estamos desperdiciando de manera imperdonable: la Universidad de Los Andes.

​No integrar el conocimiento de nuestros profesores, científicos e investigadores en la resolución de los problemas de agua, energía y urbanismo es una negligencia administrativa que nos cuesta caro. La cooperación técnica entre la academia y la gestión pública es el único camino para encontrar soluciones que sean innovadoras y, sobre todo, sostenibles en el tiempo. El tiempo del funcionario que llega al cargo por lealtad y no por capacidad debe quedar atrás. La complejidad de los retos que enfrentamos exige profesionales que no dejen de estudiar, que investiguen modelos de éxito en otras ciudades de montaña y que apliquen el rigor del dato a cada decisión. Un líder no adivina; un líder proyecta basándose en la excelencia.

​Todos compartimos un terreno común: el deseo de ver a esta Mérida próspera, el anhelo de que nuestras familias regresen y la necesidad de recuperar una institucionalidad que nos dé certeza. Ese deseo de libertad y democracia es el motor de todo lo que hacemos, pero ese motor necesita una dirección técnica y profesional para no perderse en la retórica vacía. Mérida no necesita más promesas que se esfuman cuando termina el asueto. Necesita líderes que entiendan que gobernar es un acto de responsabilidad superior, donde cada decisión debe estar avalada por el estudio y la búsqueda incansable de la calidad. Tenemos el potencial humano, tenemos la geografía y tenemos la historia de nuestro lado. Solo nos falta la gerencia que esté a la altura de las cumbres que nos rodean, en ese tema debemos seguir reflexionando. 

29-03-2026

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