Por: Pedro Fernández…
Lo ilógico de quedarnos sin agua cada vez que llueve, es el resumen de un modelo reactivo que se quedó sin ideas y sin voluntad. Esta situación la podemos revertir actuando todos en conjunto con nuevos modelos basados en la ingeniería predictiva, la descentralización operativa y las alianzas público-privadas locales.
El inicio de las lluvias de mayo ha vuelto a colocar a Mérida en una situación de contingencia que los ciudadanos conocemos muy bien, nos quedamos sin agua por turbidez del Mucujún y parcialmente aislados por deslizamientos en la Troncal 008. Sin embargo, la persistencia de estos problemas no debe abordarse desde el lamento o la resignación. El verdadero desafío de la gestión pública moderna no es administrar la emergencia una vez que el colapso ocurre, sino diseñar los mecanismos técnicos y financieros para evitarlo. Los cambios climáticos seguirán con el tiempo, no es por las lluvias que vienen las crisis, es por nuestra falla constante en adaptarnos a esa realidad. Es necesario sustituir el modelo reactivo tradicional por una gerencia predictiva que mantenga la operatividad de las ciudades independientemente de las variables climáticas.
La ingeniería actual ofrece herramientas accesibles para cambiar esto. En lugar de esperar el deslizamiento en los túneles o la saturación de la planta potabilizadora para movilizar maquinaria pesada (un esquema por demás costoso e ineficiente), el desarrollo regional debe incorporar modelos predictivos de gestión de riesgos. Mediante la recopilación de datos meteorológicos y geológicos en tiempo real, es posible anticipar el comportamiento de las cuencas y los taludes. Esto permite ejecutar obras de mitigación estructurales y programadas, transformando la incertidumbre climática en algo más controlable bajo criterios estrictamente científicos.
Para operativizar estas soluciones en el contexto actual, toda propuesta debe avanzar hacia la gerencia de proximidad. Esto implica romper con la dependencia de presupuestos centralizados y avanzar hacia la creación de distritos de gestión autónomos, financiados a través de Alianzas Público-Privadas (APP) locales. El malestar del sector comercial frente a la presión fiscal interna puede resolverse si esos recursos se reinvierten directamente en el entorno donde se generan. Si la recaudación municipal se destina a cofinanciar micros de infraestructura descentralizada, como sistemas de filtrado zonal independientes para el agua o microredes eléctricas para los cascos comerciales, el sector privado se convierte en socio activo del desarrollo porque ve el retorno inmediato en la continuidad de sus operaciones.
El colapso recurrente de los servicios públicos detiene el aparato productivo, pero además arrastra al ciudadano común a un torbellino social de incertidumbre que mina la estabilidad familiar y la salud pública. La previsibilidad técnica es, por lo tanto, el primer requisito para la paz social y el progreso económico. No se trata de diseñar utopías, sino de aplicar estrategias que ya han sido exitosas en otros estados con geografía similar a la nuestra, donde la descentralización de competencias permitió a los municipios superar los embates de la naturaleza sin depender de directrices remotas.
Esta visión de vanguardia técnica y apertura económica es el núcleo de las reformas estructurales que se plantean en el programa Venezuela Tierra de Gracia. Pasar del monopolio estatal ineficiente a una gobernanza basada en el conocimiento y el mérito es la única garantía de un futuro sostenible. Mérida cuenta con la capacidad académica en la Universidad de Los Andes y con la determinación de sus sectores productivos para ejecutar este viraje. La ruta está definida: menos improvisación y más ingeniería de soluciones. En perspectiva.
17-05-2026
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