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sábado, abril 18, 2026

En Perspectiva: Mérida y la necesidad de la permanencia tras la resurrección

Por: Pedro Fernández…
 
El cierre de la Semana Santa no debe ser el fin de una ilusión turística, sino el punto de partida para diseñar un modelo de gestión que entienda que la calidad de vida no puede ser un evento estacional, sino una política de estado.
 
Mérida despide hoy a miles de visitantes en este Domingo de Resurrección, una fecha que para nosotros, los cristianos simboliza la victoria de la vida y la esperanza, pero que para nuestra ciudad representa el cierre de un ciclo de máxima exigencia operativa. Mientras los turistas en retorno comienzan a serpentear por nuestras carreteras esquivando huecos y saltando reductores, quienes nos quedamos aquí, nos enfrentamos a una pregunta coyuntural: ¿Cómo logramos que la Mérida que hoy se despide con éxito no vuelva a entrar en un letargo de carencias mañana mismo? La verdadera resurrección que nuestro estado reclama es la de una institucionalidad capaz de sostener la excelencia como una constante y no como un milagro de siete días.
 
​Esta semana hemos visto una Mérida que, a pesar de las cicatrices que todos conocemos, demostró su voluntad de ser el epicentro turístico del país. Las cifras de ocupación y el despliegue de seguridad nos dicen que el potencial sigue intacto, que el nombre de nuestra ciudad sigue pesando en el imaginario del venezolano como un refugio de paz y belleza. Sin embargo, analizando la gestión pública desde los datos y la planificación, no se puede evitar observar que este esfuerzo extraordinario se parece demasiado a un atleta que corre un maratón sin haber entrenado, agotando todas sus reservas para llegar a la meta. Una gestión moderna y profesional no debería obligar a sus servicios públicos a trabajar al borde del colapso para cumplir con una temporada; debería tener una infraestructura tan robusta que el aumento de la demanda fuera solo una variable más en una ecuación ya resuelta.
 
​El éxito de una ciudad no se puede seguir midiendo en términos de la cantidad de luces que encendemos cuando hay visitas, más bien por la capacidad de mantener esas luces brillando cuando los hoteles se vacían. A eso, los expertos en gerencia pública le llaman «la gestión de la permanencia» y es ese el concepto que debemos empezar a discutir con seriedad en los foros políticos y académicos, desde hoy, sin esperar el momento en que algún candidato la convierta en una promesa electoral. 
 
Gestionar la permanencia, significa entender que el mantenimiento de nuestras vías, la estabilidad de la red eléctrica y la fluidez del suministro de agua potable deben ser procesos estandarizados, regidos por protocolos técnicos y no por la urgencia del calendario turístico. No es eficiente, ni es gerencia responsable, gastar presupuestos millonarios en operativos de última hora cuando la inversión sostenida en mantenimiento preventivo durante todo el año nos ahorraría recursos y, sobre todo, le ahorraría frustraciones al merideño que vive aquí el resto del tiempo.
 
​Desde mi perspectiva en la Universidad de Los Andes, veo con claridad que el conocimiento para lograr esta estabilidad está a la mano. Tenemos los estudios de flujos de tráfico, las propuestas de ingeniería para el manejo de residuos y los planes de soberanía energética que podrían convertir a Mérida en una ciudad inteligente y autónoma. El reto es entonces político, necesitamos un liderazgo que tenga la madurez de dejar de ver el presupuesto como un botín para la foto del momento y empiece a verlo como el combustible de un motor de desarrollo permanente. La política, cuando se ejerce con formación y ética, debe servir para estabilizar la vida de la gente, no para generar espejismos temporales.
 
Gobernar es administrar la realidad, no maquillarla.
​Hoy, mientras queremos presentarnos al país como el ejemplo de una Semana Santa exitosa, nosotros debemos mirar hacia adentro. La salud de nuestra economía local, que tanto depende de estos días, no puede seguir siendo rehén de la improvisación. El comerciante, el posadero y el productor agrícola necesitan la seguridad jurídica y técnica de que sus inversiones no se perderán por un apagón o por el cierre de una vía que se reparó a las carreras para el turista. 
 
Mucho hemos escuchado que la excelencia es un hábito, no un evento. Ese hábito debe comenzar por respetar al ciudadano local, garantizándole que la eficiencia que vimos esta semana no se marchará hoy con las últimas maletas de los visitantes.
 
​Mérida tiene todo para ser el modelo de gestión que el país necesita. Tenemos la geografía, el capital humano y la voluntad de trabajo. Solo nos falta la decisión de pasar de una política de eventos a una política de estructuras.