Por: Pedro Fernández…
Bajada
No existe modelo de gerencia ni plan de desarrollo que pueda prosperar en un sistema diseñado para la asfixia y el control. El progreso de nuestro estado Mérida pasa, obligatoriamente, por la recuperación de la democracia. Esa debe ser la prioridad de toda lucha, Mérida necesita libertad para poder funcionar.
Cuerpo
Durante años, hemos dedicado miles de horas a diseñar soluciones para Mérida. Tenemos los mapas de nuestras cuencas, los protocolos para salvar nuestro sistema de salud, modelos gerenciales para fomentar una educación de calidad y las estrategias para convertir a nuestra Universidad de Los Andes en el centro de innovación de todo el occidente del país. Sin embargo, hay una verdad que hoy, debe ser considerada y analizada por todos los merideños, es que ningún programa, por más brillante que sea, podrá ser exitoso mientras el contexto que nos rodea sea el de un modelo político que rechaza la excelencia y prioriza el control social sobre el bienestar ciudadano. Mérida no puede ni podrá avanzar bajo ese techo de cristal que nos impone un socialismo que ha demostrado ser incompatible con el desarrollo.
Gobernar es, en esencia, administrar recursos para generar calidad de vida. Pero la gerencia moderna requiere de tres elementos que el centralismo actual ha erradicado por diseño: transparencia, descentralización y libertad de acción. No podemos hablar de una gestión eléctrica eficiente cuando las decisiones se toman en oficinas de Caracas por personas que no conocen nuestras subestaciones. No podemos aspirar a un sistema de salud robusto cuando el presupuesto de un ambulatorio en el páramo depende de la lealtad partidista y no de la necesidad del paciente. El modelo que hoy padecemos es un sistema de ingeniería política diseñado para que nada funcione fuera de su órbita. Esto convierte a cualquier espacio de la gerencia pública en un simple gestor que no tiene poder de diseñar, planificar ni ejecutar de acuerdo con las necesidades locales, sino de acuerdo con las imposiciones ideológicas del gobierno central.
El desarrollo requiere de un mercado libre que respete al comerciante, de una seguridad jurídica que proteja al productor y de una autonomía universitaria que permita que el conocimiento guíe el diseño de las políticas públicas de Mérida. Nada de esto existe hoy. Lo que tenemos es una estructura que ha canibalizado la productividad para alimentar una burocracia ineficiente. Por eso, cuando hablamos de cambio, no estamos hablando solo de un relevo de nombres en las oficinas públicas locales. Estamos hablando de la demolición de un sistema que castiga la excelencia y premia la obediencia. Mérida necesita respirar, necesita recuperar su capacidad de decidir su propio destino sin el permiso de un centro que solo se acuerda de nosotros para la propaganda o para el racionamiento.
La libertad es la variable olvidada en las estadísticas de quienes hoy detentan el poder. Ellos cuentan porcentajes de ocupación hotelera, número de visitantes al teleférico, o toneladas de asfalto vertidas a la carrera, pero nosotros contamos los días que pasamos sin luz, las horas que pasamos sin gas o los litros de agua que debemos recoger para tener en la casa y, sobre todo, la angustia de ver a nuestros mejores talentos cruzar la frontera. Esa brecha entre la estadística oficial y la realidad nuestra es la prueba del fracaso del modelo socialista. El progreso real se percibe cuando el ciudadano es libre de emprender, de criticar y de proponer sin miedo, cuando tiene acceso a bienes y servicios y cuando sus necesidades básicas están satisfechas, no es cuestión de decretar desde un programa de televisión o en redes sociales.
Por eso, mi mensaje para este domingo pretende ser de claridad absoluta: si queremos que Mérida mejore, debemos ser parte activa de la lucha por el cambio estructural de nuestro país. No podemos permitirnos el lujo de la indiferencia ni caer en la trampa de creer que con arreglar un pequeño espacio vamos a salvar el estado. La solución a nuestros problemas de agua, de luz y de salud pasa por un cambio en el ADN del sistema político. Necesitamos instituciones que rindan cuentas, una justicia que no sea un brazo ejecutor del partido y un modelo económico que premie el esfuerzo y no la conexión política. La libertad es el único tratamiento que puede curar la enfermedad crónica que padece nuestra administración pública.
Mérida tiene una vocación histórica de vanguardia y de pensamiento libre; esa es nuestra mayor fortaleza. El reto es convertir la indignación diaria en una fuerza organizada que trabaje por el retorno de la democracia. El cambio es posible porque el modelo actual, por más que intente ahora lavarse la cara y aparentar reflexión y cambio, ya no tiene nada que ofrecer, salvo más oscuridad y más control. Nosotros, en cambio, tenemos una visión de excelencia, el saber de la academia y una alternativa real y factible para el desarrollo, como lo es el programa Venezuela Tierra de Gracia.
Para que esa visión se haga realidad, primero debemos romper las cadenas de un sistema que nos impide actuar. La lucha por la libertad es la madre de todas las batallas de gestión que vendrán después, incluyendo la recuperación de los espacios regionales y locales. Sigamos adelante, con la mirada puesta en esa Mérida libre que, más pronto que tarde, volverá a ser el orgullo de toda Venezuela. En perspectiva.
12-04-2026
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