Bajo una pertinaz lluvia, Changuinola (provincia de Bocas del Toro) dio la bienvenida a los viajeros procedentes de Ciudad de Panamá, mientras un tropel de maleteros aguardaba en la terminal para ofrecer sus servicios a los somnolientos viajeros.
El reloj indicaba que eran las 5:15; la oscuridad no cedía ante el sol del nuevo día, y por eso padre e hijo prefirieron esperar los primeros destellos de luz para dirigirse al caserío de Las Tablas y luego a Las Delicias, frontera istmeña con Costa Rica.
El colectivo que en el pasado sirvió de transporte escolar recogía y dejaba pasajeros a cada instante; con mucha razón: por ser vísperas de Navidad, todos querían estar a punto con sus compras y los obsequios de Santa Claus.
El trayecto de poco menos de 3 horas estuvo enmarcado por gigantescas fincas bananeras. A las orillas de la carretera, unos teleféricos rudimentarios movilizaban los racimos desde las parcelas internas hacia oxidados vagones que culminaban en la planta procesadora de la transnacional Chiquita Brands International; anteriormente, la United Fruit Company (UFC), que, según reconocidos historiadores, desde los albores del siglo XX hasta mediados de este, quitó y colocó a su antojo gobiernos en toda Centroamérica, de allí el origen de la peyorativa expresión «Repúblicas Bananeras».
El tramo final a Las Delicias fue en una camioneta pick-up, muy llamativa porque el improvisado toldo que supuestamente protegía del sol a los simpáticos pasajeros era una pancarta publicitaria de las pasadas elecciones presidenciales.
Por fin, el río Sixaola se asomaba; al otro lado, Costa Rica, y para cruzar solo había que tomarse un bote que, por la módica suma de «un dolita», en tan solo 5 minutos movía a los pasajeros. En la ribera tica, una pequeña valla rezaba: «Bienvenidos a Costa Rica, Cuida la Naturaleza, Respeta nuestra gente y Pura Vida».
No hubo que esperar mucho tiempo por el autobús que se dirige hasta Suretka; el camino por tierra, con uno que otro parche de pavimento, siempre estuvo matizado por el costado izquierdo con el Telire y por la derecha con verdes potreros y riachuelos que tributan sus aguas al «río padre».
En el puerto, decenas de boteros pacientemente movilizaban por el Telire pasajeros, cargas y vehículos hasta Amubri, en el cantón de Talamanca, provincia Limón. Toda la comunidad era un sano jolgorio; se percibía una energía de solidaridad inigualable mientras niños, adultos y ancianos estaban prestos para cooperar con las celebraciones navideñas. Algunos ayudaban con la organización del desfile de bandas escolares, otros preparaban el estadio para recibir a los visitantes, algunos alistaban los fogones para cocinar, otros terminaban de instalar sus tenderetes de productos artesanales, y todos, orgullosos de su identidad, fungían como magníficos anfitriones.
Visitantes de otras provincias del país, extranjeros y pobladores que venían del interior de la selva de Talamanca, tras más de 2 días de jornada, se juntaban con un solo objetivo: fraternizar, convivir y estrechar lazos de unidad sin importar los orígenes, credos o formas de concebir el universo.
Los niños y jóvenes del cantón no son percibidos como el futuro del mundo; son el presente, y por eso los líderes comunitarios promueven actividades formativas, culturales, deportivas y religiosas para consolidar los valores humanos de convivencia respetuosa y pacífica y el sentido de pertenencia. Los resultados han sido gratificantes, y la más clara evidencia son los atletas que de Talamanca han salido para representar a Costa Rica en diversas competiciones internacionales; tienen una mención especial las chicas de las selecciones femeninas de fútbol en todas las categorías.
Amubri, ese 24 de diciembre, fue epicentro de una unidad comunitaria genuina, voluntaria y espontánea. A las 2 de la tarde las calles quedaron solitarias, pues todos se congregaron en el estadio para compartir juegos, comidas tradicionales, sonrisas, abrazos, palabras de aliento y darse la mano por la edificación de una Costa Rica fraterna y para todos. Sin duda, ¡la verdadera Pura Vida! a la que las sociedades deben y tienen que aspirar.
Por cierto, ese año, la selección mayor de fútbol logró una nueva clasificación al Mundial: trabajo en equipo.
Antonio Rivas
Especialista en Desarrollo Sostenible y Turismo comunitario y rural.
20 de enero del 2026
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