(Mateo 21, 28-32)

El versículo-título de la reflexión de este XXVI domingo del Tiempo Ordinario, dicho por Jesús, nos mueve a preguntar no cómo resolver las dificultades de publicanos y prostitutas, sino cómo participar, como ellos, no desde la distancia o la rivalidad, de ese espacio más que sociológico, geográfico; teológico, en donde el publicano o la prostituta abren su corazón, no a lo relativamente mejorado, sino a Quien da primacía real al cambio auténtico y esperanzador, sobre una fragilidad idealizada que, aferrada a una obsesión perfeccionista, más bien crece desprestigiando a los demás.

En la perícopa de Mateo de este día, Jesús para nada nos garantiza que ante nuestra conversión hayamos de esgrimir miles de razones con el fin de llevarla a cabo, pues de esta manera cederíamos la decisión determinada de nuestro espíritu a una especie de receta infalible de la anarquía.

En este sentido, en la primera lectura, el profeta Ezequiel (18, 25-28) especifica estas preguntas pronunciadas por el Señor: «¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien el proceder de ustedes el que es injusto?». Ellas no regulan nuestra conducta a través de las leyes —sin eludir su importancia—, sino que garantizan, con base en la postura del Señor, su preferencia por un derecho considerado inviolable: el de nuestra libertad. Él no impide nuestras iniciativas individuales al momento de proteger con ellas que la conversión depende, para su sustento, del auxilio de la sagrada Providencia; de hecho, el salmista implora: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad» (Sal 24).

Lealtad y libertad no son vocablos que enarbolen el patrimonio privilegiado de opiniones de ideología alguna; son también nutrientes místicos de nuestros actos —y hay muchos más— por los que la dinámica del cambio decidido y sincero, aun pareciendo solamente fruto del esfuerzo y la habilidad humana, aprecia y siente la intuición de la generosidad del Padre: «se arrepintió y fue», describe Cristo sobre la respuesta del segundo hijo, a quien su padre invitó a trabajar en su viña.

Este muchacho, muy distinto del primero, libremente tuvo que haberse cuestionado en su regular funcionamiento interno sobre cómo mejorar su respuesta y transformarla en una actitud de escucha, reflexión y obediencia; aventajó la ruda barrera del orgullo o de la dureza de corazón. Esto, en nuestra experiencia personal de fe, de esperanza y de caridad, en nuestro propio examen de conciencia, no nos es extraño, y asimismo el llamado de Pablo a darle «el consuelo de Cristo» sigue resonando intensamente, no únicamente en palabras sino en hechos: «Manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir» (Flp 2, 1-11).

Por ende, Jesús vuelve a recordarnos que publicanos y prostitutas nos llevan delantera en el camino hacia el reino de Dios, no porque justifique sus actuaciones, sino porque Juan predicó también para ellos el camino de la justicia y le creyeron. No mostremos ante este llamado un espíritu ilustrado, liberal y progresista, sino un espíritu abandonado confiadamente a una verdad que no necesita lastimarlo para conducirlo a una conversión humana, honesta y conveniente, porque «el Señor es bueno y es recto» (Sal 24).

27-09-26

Pbro. Dr. Horacio R. carrero C.

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