Encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre

(Lucas 2, 15-19)

Solemnidad de Nuestra Señora de Coromoto

«Yo salí de la boca del Altísimo y como niebla cubrí toda la tierra»; así comienza la primera lectura, (Eclo 24, 3-4.8-12.12.19), de esta solemnidad de Nuestra Señora de Coromoto, patrona de Venezuela. De la boca del Todopoderoso brota el Verbo peregrino; cuya dicción, cual neblina, propaga su incansable verdad en todo el orbe.

El Creador estableció mi morada, continúa el autor del Eclesiástico.

El verbo peregrino encontró en el mundo un caluroso cobijo, el seno virginal de María, al cual consagró, en el cual se encarnó, y desde el cual comunicó luz a los hombres que habitaban en tinieblas. Por eso, pregunto, ¿qué es la grandeza de Dios? La que abriga toda la tierra. Él ha dejado su inigualable ícono en la creación.

El papa Francisco en la encíclica Lumen Fidei, emplea los vocablos mundo y cosmos.

Inmediatamente se pensará: son sinónimos. No niego esta destreza del lenguaje. No obstante, el mundo no sale de las manos de Dios en estado caótico; imposible al hombre subsistir en una confusión. En esto el concepto de cosmos dice mucho, pues desvela lo titulado orden.

Dios no le entrega al hombre el caos, y luego vea cómo se las arregla. Le ha obsequiado una realidad en la que el hombre descubre paulatinamente el preciso y precioso sentido que las cosas ocultan. En efecto, la obra en la que el Altísimo centra especial atención es el hombre.

Él, después, le pide una compañera, y Dios le da a la mujer, hueso de sus huesos, carne de su carne.

La humanidad, progresivamente, se extendió por el mundo. A esta humanidad pertenece María. Y en ella, como relata el Eclesiástico, estableció mi morada. Señala mi morada, pues, en este pronombre personal resalta en primer lugar Dios, y, en segundo lugar, el hombre, porque en el corazón de María, hombres y mujeres de toda la tierra, hallan el calor y la cercanía del Emmanuel, del Dios-con-nosotros, designado así por el profeta Isaías y el evangelista Mateo (Cf. Is 7, 14; Mt 1, 23).

Pablo, en la segunda lectura, (Gal 4, 4-7), dice de Jesús, nacido de una mujer.

En María el Verbo se hizo carne; y en ella, el Todopoderoso ha hecho obras grandes, y a través de ella, asimismo en todo hombre y mujer que, en medio de la indiferencia y la crisis, acoge con respeto la grandiosa humildad del Omnipotente.

Él jamás ordena arbitrariamente desde el alejamiento, lo hace justamente ahí donde, en palabras del himno litúrgico, un hombre trabaja y un corazón le responde.

Jesús nace en Belén, narra el evangelio (Lc 2, 15-19).

Los primeros en ir a verlo, fueron los pastores. No eran gente aventajada, pero sí los privilegiados del Altísimo para ir a constatar lo que acababa de suceder: vamos derecho a Belén, se indican, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor (v.15).

Esto trae a la aparición de la Virgen en Venezuela, específicamente en Guanare. Se presenta, por primera vez, en 1651, a orillas de una quebrada a una familia de la tribu de los Cospes, encabezada por el cacique Coromoto. Ellos advirtieron, aunque ignoraban quién era realmente, una mujer joven que les sonreía, y, por ende, la nombran Bella señora.

La tradición indica que el mensaje de la Virgen, vayan a casa de los blancos y pídanles que les echen el agua en la cabeza para poder ir al cielo, lo refirió en lengua nativa. Esto podría corroborarse en un descubrimiento actual sobre la imagen, el cual apunta que la corona de la Virgen como la del Niño, es propia a la usada entre los nativos (los estudiosos la han denominado penacho indígena).

Los pastores, obedientes, se trasladaron a Belén; la Virgen fiel, viene a Venezuela, y descubre su fisonomía serena a esta familia autóctona. El evangelio de hoy describe la familia que los pastores distinguen al llegar a Belén: a María y a José y al Niño acostado en el pesebre (Lc 2, 16).

Juan Sánchez, español residenciado en aquellas tierras, después de habérsele comunicado lo sucedido, ubica a los Coromotos en un poblado más cercano, y allí moran por un tiempo. El cacique Coromoto, añoraba su antiguo estilo de vida, y escapa de la comunidad. Llega a su antiguo bohío.

Un día, 8 de septiembre de 1652, la Virgen llega a la entrada de la choza.

El cacique al verla la amenaza y le pide que lo deje tranquilo. Ella ingresa al aposento antes que el airado personaje lance su flecha, y él se abalanza sobre ella, pero ella desaparece, quedando en la mano de Coromoto la estampa en la que se simbolizaba.

José dudó al enterarse del prodigioso embarazo de María. Puede decirse que el cacique fue rebelde, mas esto enseña dos explicaciones: una, María se acercó a él como buena mamá; Jesús sigue avecinándose al hombre a través de su Mamá; y segunda, este aproximarse de la Virgen al cacique, quizá sea también un modo de entender la vitalidad del ojo izquierdo de la imagen de Nuestra Señora de Coromoto, pues aparte de todas las notas funcionales de un ojo vivo, en el mismo han detallado la traza de una figura humana.

La Virgen fue a Guanare a encontrarse con una familia, como los pastores a Belén. En aquella había niños, incluso uno de doce años. A ellos les enviaban a buscar agua a la quebrada, y, según la historia, demoraban en regresar, porque se entretenían dialogando con la Bella Señora. El cacique al apoderarse de la imagen la esconde en algún lugar del techo del bohío. Pero merodea un oportuno e intuitivo espía, el niño de doce años. Observó con precisión dónde la colocó, para aviarse a Juan Sánchez y notificarle.

En realidad, él no estuvo muy convencido con el relato. Le solicita, para poder emprender camino hacia el sitio, ir a un extenso prado a atrapar dos mulas. Lo que Juan Sánchez suponía labor de tres o cuatro horas, el niño lo hizo en un tiempo inimaginable. En los pequeños, Dios muestra cosas menudas, pero con un exacto y profundo significado.

El evangelio narra de los pastores, cuando lo vieron, se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho acerca del niño, y todos los que lo oyeron se admiraban de lo que decían los pastores (vv.17-18).

El cacique en un primer momento participó la aparición de la Virgen. El niño de doce años igualmente anunció la novedad.

La historia cuenta que el cacique volvió a su forma de vida anterior. En esto lo muerde una serpiente. Intuye la proximidad de su muerte, y clama el bautismo. Alguien, bautizado, pasaba por allí desde Barinas y colma el deseo del moribundo. Luego éste ruega a los demás miembros su cristianización. Él, desde su situación, también imitó a los pastores, se pusieron a contar lo que el ángel les había dicho; anunciando a los suyos dejarse echar agua en la cabeza, para poder ir al cielo.

La Virgen pisa la cabeza de la serpiente; ella misma calma el coraje inicial del cacique, y a su vez su rebeldía: él muere bautizado; hijo de la Iglesia; es decir, en el mensaje de Nuestra Señora de Coromoto, en su personificación al cacique y a los suyos, también se cumple en Venezuela esa estupenda frase con la que Pablo concluye la segunda lectura: así que ya no eres siervo, sino hijo; y siendo hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

A 373 años de su aparición (8-09-1652) y 73 de su coronación canónica (11-09- 1952), seguimos encomendando a la intercesión de María de Coromoto a todas las familias de nuestra patria Venezuela. Amén.

11-09-25

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com