Así transcurre la vida del merideño, entre largas y angustiosas colas frente a las entidades bancaria, mercados y ahora se le suma las de las estaciones de gasolina, que debido a los errores cometidos, en su puesta en práctica, son infernales. Basura por toneladas que le dan un aspecto sucio, descuidado y hostil a las calles, avenidas y a cualquier lugar de nuestra ciudad, y el desconcierto de los habitantes que deambulan preocupados, en busca de todo y sin encontrar nada.
El problema del transporte no parece tener solución. Los rostros de angustia en las paradas, las manos extendidas pidiendo una “cola”, indignan.
Deme una “colita”, por favor
Son las dos de la tarde, un sol inclemente castiga la piel. Una madre y su hija vestida con su uniforme, están esperando, en la Vuelta de Lola, hace ya horas, una buseta, cualquiera, que, al menos las acerque a su casa, en La Vega de San Antonio. La imagen de desamparo nos impacta, detenemos el carro y recibimos el consabido “Dios le pague” con el cual el andino, agradece los favores. La niña, de unos 10 años, se nota cansada, pero aun así sus ojos son luminosos, la luz de la inocencia. La madre relata los sinsabores diarios de su trajinar, desde su casa, hasta El Valle, donde la niña, estudia, y ella trabaja. Son madrugadas frías, es peligro en la oscuridad, es agotamiento por largas caminatas, es una existencia sin muchas alegrías, y tal vez, ya sin esperanzas de que la situación mejore. “Estamos en las manos de Dios, solamente él puede sacarnos de este infierno que estamos padeciendo”, dice la señora, apelando a su fe cristiana.
Todo huele mal
La basura está ganando la batalla. Pareciera que la determinación de los organismos oficiales por solucionar el gravísimo problema, y por la falta de resultados positivos, ninguna iniciativa nos permite observar, a la Mérida bonita y limpia de años atrás. Cuando sopla la brisa, nos trae el desagradable hedor delos desechos acumulados en cualquier sitio. Hay un fenómeno diabólico que está cada día más presente. Por un lado, un camión recoge toneladas de desperdicios, y casi inmediatamente, la basura vuelve, como por arte de mala magia, a cubrir los espacios. Existe, definitivamente, indolencia y mal comportamiento ciudadano, como también ineficiencia y ausencia de control por parte de las autoridades encargadas de la recolección. Nuestra Mérida huele mal. Caminar por sus calles es inseguro y apesta. La triste visión de locales cerrados en la avenida 3, es una muestra de la destrucción de los negocios que alguna vez tuvieron mercancía que ofrecer. Una visión deprimente.
Un día a la vez
Cada mañana, al despertar, el ciudadano común, el que estaba acostumbrado a desayunar y a tomarse un cafecito. Salir a trabajar y abordar cualquier ruta de transporte, porque había muchas y para todos los destinos, ahora, ese señor, señora, joven, o adulto mayor, tiene que persignarse y entregarle a Dios su jornada, para que lo lleve y lo regrese con bien porque en la calle tendrá que desafiar miles de situaciones desagradables, desde ver su ciudad, sumida en la pobreza, hasta no encontrar algo de dinero en el banco, y mucho menos un vehículo oportuno para hacer sus diligencias.
Nos toca vivir “un día a la vez”. Los venezolanos tenemos una extraña capacidad de adaptación, y lo hemos demostrado con la paciencia del famoso Santo Job, porque no son pocas las penurias que atravesamos y enfrentamos con un valor inaudito, y hasta en ocasiones se nos ocurre un chiste para reírnos de nuestras desgracias. No sabemos si esta “capacidad”, sea la correcta, pero al menos nos permite sobrevivir, un día a la vez.
Unos sostienen que hay una guerra económica que sabotea todos los intentos que desde el gobierno se implementan para que el país avance, otros, se quejan de la incapacidad de las autoridades para buscar soluciones efectivas a los múltiples problemas que nos agobian, pero sea lo que sea, es imperativo corregir porque la tensión y el desbarajuste, reinan en el ambiente y como decía Simón Bolívar , en el Discurso de Angostura:“El sistema de gobierno más perfecto, es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”… En este momento los venezolanos nos sentimos desconcertados, no felices.
Arinda Engelke.


