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martes, abril 21, 2026

¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en estos días en Jerusalén?

(Lucas 14, 13-35)

Esta pregunta, “¿eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?”, elaborada por Cleofás, luego de la aparición de Jesús durante el trayecto a Emaús, de acercárseles, a él y al otro discípulo, y proseguir camino con ellos, reafirma, incluso del Señor ya resucitado, la humanidad como instrumento de la divinidad.

No es una cuestión azarosa, tampoco al formularse, anula la responsabilidad humana, pues, el tono emocional de la misma, acentuado por la crisis del duelo tras la ejecución de Quien los alcanza y contemporáneamente camina con ellos, va robusteciendo en ambos discípulos el compromiso ante la verdad que se les presenta aun veladamente.

Jesús les da la impresión de un forastero temporal que busca protección, y tal impresión ya les indica que ellos no son dueños de los hechos, sino invitados de Dios a abrir su mente y corazón a lo inesperado; al respecto, estas palabras son sumamente esclarecedoras:

“El Señor es la parte que me ha tocado en herencia; mi vida está en sus manos” (Salmo 15).

Esta frase, propicia al entendimiento de la actitud nostálgica de los discípulos de Emaús, busca en ellos y en nosotros no una fragmentación de nuestro ser-humano, sino su integridad psíquica y la salud del carácter.

Desde luego, esta terminología psicológica, inspirada en el Texto Sagrado, enriquece la genuinidad de la confianza filial, pues con ella comprendemos el duelo, la nostalgia, no como resultado de un castigo divino; al contrario, más bien como la conjunción entre el asombro y el respeto ante la majestad omnipotente.

Esta conjunción puedo aclararla aún más con el término griego paroikias, del cual procede la voz “parroquia”, que traduce, destierro, extranjería. Él aparece en el contexto de la 2ª lectura, (1 Pe 1, 17-21). Naturalmente, el mismo no indica a alguien sin hogar, sino a alguien, habitante de un lugar, pero cuya procedencia está en otro.

Esto nos asombra, porque inmediatamente intuimos la tensión entre el “aquí” y el “allá”; empero, tal tensión tranquiliza, pues, por la fe y la esperanza comprendemos que la Encarnación y la Cruz, no erigen un plan B ante los errores humanos, sino el designio eterno de Dios; en consecuencia, la confianza filial y el respeto ante la majestad omnipotente.

Sin duda, ningún determinismo cultural o biológico, tranca el poder liberador de la redención obrada por Dios en su Hijo.

En este sentido, retornemos a la pregunta, “¿eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?; ella además nos insinúa que los rostros de Cleofás y el otro discípulo estaban sombríos, en griego eskyrōpoi; mostraban una mirada nublada o ensombrecida; ojos cerrados, no únicamente con ceguera física, sino por la proyección de su estado de ánimo. Es decir, aún tenían una equivocada preconcepción del Mesías como libertador político, y les afectaba la percepción de la auténtica realidad de Quien con ellos camina, los escucha y les explica las Escrituras.

Ahora bien, ante ese estado de ánimo, Jesús, que al inicio se presenta como un extraño (forastero), ya actúa como terapeuta; sus respuestas no las da de inmediato; los interroga, “¿qué conversación es esa?”, por lo cual les hace verbalizar su dolor; o sea, ellos descubren su herida al “forastero”, y esto desembocó en el primer paso para su sanación.

En fin, el versículo-pregunta y título de la reflexión de este III domingo de pascua, nos indica, de un lado, que, en el diálogo con los dos, Jesús no les anula la Cruz; la explica; y, de otro lado, a dicho evento traumático le ofreció un preciso significado que transcendió lo intelectual, lo somático, lo emocional, pues, les hizo comprender la transformación del martirio en victoria.

19-04-26

Pbro. Dr. Horacio R. Carrero C.

horaraf1976@gmail.com

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