El hombre insta su inteligencia a un conocimiento cierto. En ello procura infalible evidencia e inmutabilidad. Sin embargo, el empecinamiento a conseguir tales caracteres a como dé lugar, le llevan a centrarse cual ejemplar supremo tanto del ser como del pensamiento. De este modo, obviando moderar con humildad lo mucho que ignora, escuda una variedad de «logomaquias indescifrables» (Buenaventura, S. 1945, p. 46).
La inteligencia humana, con humildad y destreza, manifiesta su capacidad para emitir juicios verdaderos, como en el caso de la «visión intuitiva de Dios» (Id., 47).
Esta experiencia la impulsa a estructurar representaciones simbólicas de lo divino a partir de la creación, la cual, al sostener tales analogías, ofrece fundamentos para avanzar en su camino de conocimiento hacia el Eterno (Id., 47-49).
Aunque el hombre tenga una explicación incompleta de la verdad creada (De Scientia Christi, q. 4, in corp.), innegablemente, aun en tal explicación incompleta, experimenta una aproximación a la eterna verdad.
Desde luego, su experiencia clarificadora, desenrollada con el conocimiento y las virtudes, espoleando las potencias cognitivas, prueba sostén más del silencio que de la palabra manifiesta (De Scientia Christi, q. 7, ad 19, 20, 21).
Ciertamente, por el comportamiento irregular el hombre “se extraña” al auténtico conocimiento de la eterna verdad. No obstante, en este ascenso, Cristo es el vital influjo (Buenaventura, S. 1945, pp. 54-55).
Su naturaleza humana no es otra a la del hombre: «es real, no aparente; íntegra, no mutilada» (III Sent., d. 2, a. 2, q. 1 in corp., t. 3, 44-45).
Es inevitable al ser humano no dirigir el ascenso en el conocimiento y la virtud al centro, influjo vital, que lo encauza: Jesucristo. El hombre actúa en el conocimiento y la virtud en cuanto «sensum et motum», esto es, en cuanto sentido y dilección (III Sent., d. 13, a. 2, q. 1, in corp., t. 3, 285).
El conocimiento no está exento de error.
El peor es el de consentir que en ese Cristo no influye en nada, o, se le admite en una imagen tan impropia que luego llega a serle un fascinante objeto de intereses y aspiraciones.
Cristo no es un tosco objeto. Es plenitud y mantiene la sensatez del sentido de modo “intensivo” como “extensivo”.
De modo intensivo, sustenta al conocimiento.
De modo extensivo, le da dirección con la corrección de sus desatinos, hacia un saber suyo, cual proyección vital en quien le obedece y se instruye.
Con conocimiento, sin vanidad, el hombre encamina y vivifica su afán de saber.
Este afán no está completamente inmunizado; hay ocasiones en que únicamente sobresale solo, y de este modo lo que es increado, Cristo operante en el conocimiento y la dilección, lo considera creado; en consecuencia, el hombre en lugar de labrar cristiformidad más bien pierde la auténtica en una inexpresiva multiformidad.
Referencia
Buenaventura, S. (1945). Obras. (Tomo II). Biblioteca de Autores Cristianos.
Pb. Horacio Carrero
21-08-2025



